martes, 20 de diciembre de 2011

Aleph



Una cálida luz rosácea bañaba mi calle hasta prácticamente inundarla en un tierno amanecer, casi tanto como habría sido harmoniosa la caricia rosa de Juan Ramón Jiménez, casi tan tímida como la pálida luz de la mañana, que relevándola coronaba el día y era su despertar más cansino que furioso, más impetuoso que vago; pero es que así eran las más bellas mañanas de invierno que sus ojos hubieran visto nunca.

Reflejaban todas y cada una de las partes de la escena la luz, como un vertiginoso y desafiante caleidoscopio de formas y colores. Una densa bruma se sumía sobre su corriente de pensamientos y los condensaba hilvanándolos sin ningún sentido, haciendo que de la unidad y coherencia no naciera sino una terrible confusión, que al olvido de toda creencia llevaba.

Así fue, la ventana que para ella se abrió, un frío y húmedo día de invierno, aquella de la que ya había oído hablar, aquella de la que otros más grandes ya habían versado, aquello que habían acabado por llamar “el aleph”.

Y así vio las “travesuras de una niña mala” a la que algún desquiciado había tenido la suerte de darle un látigo, sonrío un cisne patoso y vio llorar a un mago, aun en un mundo maravilloso en una ciudad, en la que se perdió a los perros, vio payasos y criaturas extrañas, inimaginables que no hacían sino ajustarse a su propia idea de la perfección y la adecuación, se desconcertó del todo y es que no estaba “el paraíso en la otra esquina” y tuvo que dejar de conformarse con “la luna de enfrente”, pasaron todos, y se fueron, como si para su divertimento allí se hallaran, alocada mente la suya, que se atreve a evocar tal idea.

Y vio “ficciones” del mismo “libro de sueños salidas” y se emocionó aun sin comprender nada en absoluto, pareció aprehenderlo todo y por fin, deslumbrada, aplaudir.
Tal vez fuera para cada alma el aleph algo distitno, tal vez por ello no se ajustaba a la descripción, más allá de por contenerlo todo y ser un caótico e inexplicable sueño, como si de una obra de arte ya preestablecida se tratara.

Y entonces sonrió, al saber que no hace falta más que un simple titubeo para volver a nacer.

Gracias. Masculló, y con una última mirada pestañeó y la dejó caer a sus pies, que ya huían hacia la próxima aventura.

Oph**

lunes, 5 de diciembre de 2011

"You are my sweetest downfall"


Sentosé en la silla e irguió su espalda, se derramaba el vestido granate en sus piernas hasta rozar levemente el suelo; para aliviar la tensión se espalda, y el oscilar de su nervioso pie derecho en un zapato de raso encerrado. Dibujábase entre seda la forma de sus senos suaves y sutiles como el camafeo que los coronaba. Las manos pálidas y quebradizas trataban en vano de esconder un rizo exiguo que le concedía la graciosa apariencia de una criatura.

Sus ojos cerúleos dejaron escapar un suspiro y coquetearon sus pestañas, el contenido ya había sido derramado. La cicuta había quedado completamente diluida en el mimosa adquiriendo esta un color más acaramelado y una densidad más sobria.

“Eres mi dolor más dulce”, le dijo acariciándole la mejilla, suave y empolvada y te querré siempre que me lo permitas, somos muy afortunados, mírate, eres preciosa, eres mi suerte, Déjame ser tu esposo. Déjame ser el padre de aquello que engendras, nunca importará de quién es, al igual que no importa hoy de quién seas. Ni si quiera importa si han decidido volverte la espalda.

Surgió en un momento y sin previo aviso una lágrima de un ojo suyo, murió si cabe más inesperadamente en un beso de él. Él sonreía. Tendió en el suelo un paño e hincó la rodilla frente a ella. Cásate conmigo. No era una petición, era una súplica, casi una exhortación. Podía escuchar ella desde el otro lado del mundo en el que se encontraba revolotear su corazón contra las costillas, y el resollar de su respiración, como la de un tísico moribundo. Era hermoso, de eso no cabía duda, el anillo, por supuesto, su prometido era un chico de ciudad venido a menos, nada más, uno de esos pálido y sudoroso.

Ja, ja, ya se imaginaba como se hubiera reído luego de esa escena con las chicas, cómo habría despreciado su ofrecimiento, pero por un momento pensó que sería divertido aceptar la proposición; al fin y al cabo, a ella le daba igual, y aunque no fuera a disfrutar de la diversión del desenlace, ese estúpido momento ya estaba siendo delicioso.

Me casaré contigo. Sonrió, y acto seguido levantó la copa en un alarde de grandeza, él se incorporó trabajosamente y bridó aliviado. Por nuestra unión, y el principio de una era. Dijo y tomó un largo trago, tenía un sabor amargo, casi tanto como sería su sorpresa.

Sí, tenía gracia, había merecido la pena, tal vez solo por ese instante todo lo demás diera igual, al poco se sintió indispuesta, vaya contrariedad, al final no sería como ella hubiera querido, estúpida frivolidad la suya al haber querido poner volición a aquello que era siempre ajeno a nosotros.


Oph**


Fotografía por Belén Roldán.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Epitafio de un verso inacabado.


Calienta el sol mediterráneo y dicharachero el trigo, que como si conocedor de su finalidad fuera, por el se deja mecer y sonríe a los cálidos torrentes.

Hoy es un día gris, y aun así, muy a mi pesar brilla el sol incólume a los terribles acontecimientos que hoy he presenciado atónita en un vagón de metro. Había allí una lágrima escondida por miradas indiferentes, y aun así no se atrevía el traqueteo a secarla, ni su dueña a reprimirla. Nadie podía pedírselo, no entre esa apatía, no con ese dolor.

Y es que es impensable la vivencia constante del dolor propio, mientras que el ajeno no nos seduce ni si quiera a la comprensión, tal vez solo sea debido a la deficiencia de flores secas color rosa, al té de vainilla, y el carmín bermellón. Tal vez, simplemente, nos den igual los demás y nos esforzamos en creer lo contrario por todo lo que ello implica. Por hoy y tras esa terrible visión escogeré la opción del carmín.

Vi hoy también un espectáculo maravilloso, que sirvió a levantar mi ánimo tan solo por una millonésima de segundo, ya que adolecía de la misma atención a la que he hecho referencia previa. Y es que nadie se conmovió de esta risa pequeñita y amarilla, llena de gusanitos y de besos.

Y es que es inefable la vivencia propia de la alegría, mientras que la ajena no nos seduce si quiera regocijo, tal vez solo sea debido a la deficiencia de caricias rotas y grisáceas, al café amargo, al perfume de sándalo. Tal vez, simplemente, nos dé igual toda otredad, y nos esforzamos en pensar lo contrario por lo que ello nos supone. Por hoy y tras tal dichosa visión escogeré la opción del sándalo.

No estoy triste, no vayan a creérselo, esto es solo una visión, es solo un fragmento, un cuadro coloreado rápido y a lo loco, que solo explica aquello que no les importa y que por supuesto a mí, tampoco.

Y es que no es esto más que un epitafio, de uno de estos versos inacabados que somos todos, de una lágrima cálida y una sonrisa de gusanitos.

Oph**

Fotografía por: Gregorio Castro.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Si bien he de aceptar lo innegable.


Si bien he de aceptar lo innegable, nunca supe por entero lo que era la poesía, nunca supe construirla más allá de lo que para mí ya había venido dado, y aunque nunca entendí en el fondo lo que significaba bien una respiración desacompasada o una caricia rosa no pude dejarla ni tan solo un segundo de mi vida; que era sin ella, un suspiro sin aliento, era una caricia sin olor, un sueño roto contra el suelo del que no se derrama el líquido, porque no se tiró, si no que cayó y nada había ya dentro, sino el polvo de la espera.

Y mientras aun restalla en tus oídos el crujir del cristal, solo sentarte y ver como sobre ti se proyecta la sombra de otro asiento vacío, que ni ríe ni llora, pero consigue oprimirte con el abandono de su tristeza, mientras tu garganta te atenaza recordándote que el frío ya se ha apoderado del lugar.

Pero todo es más sencillo, cuando solo aspiras a ser el desenfoque de todos aquellos que ya se han cansado de mirar.

Y a veces, incluso, en el más alto páramo del más recóndito de los desiertos puede quedar dulzura suficiente, para que “en un vaso olvidada se desmaye una flor”; y es entonces, cuando te das cuenta que todo aquello que creíste que importaba ha pasado a ser irrelevante, solo pensar que ya ha pasado todo y que no queda más por venir que esa nada, que ya ni de menos echamos, aunque por bien seguro que de sobra conocemos.

Oph**


Fotografía por Gregorio Castro.


lunes, 24 de octubre de 2011

De Otero.


"Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos."



Aunque Blas había creído comprender, pasado un tiempo no hizo más que ser capaz de abrir los ojos y ver la evidencia de que echaba de menos el arte, de que no podía vivir sin ese fútil regalo. Y que aunque hubiera encontrado lo que creía que era divertimento más elevado para el alma, divertimento al fin y al cabo más pragmático y legítimo; y aunque, tal vez, fuera cierto que existe belleza en el crisol de lo cierto, no podía vivir sin poder si quiera afligirse del restallar de la lluvia contra el asfalto abúlico, o sin poder aun contemplar embelesado la sonrisa tímida y de carmín perfilada de una muchacha coqueta.

Pero también se dio cuenta nuestro Blas de que ahora le quedaba el camino más duro, el de desaprender todo aquello que se creía haber comprendido. El de subir y reescribir incansable todos los versos; porque el arte también necesita de culto y de esfuerzo, aunque lo que trate de descubrirse sea independiente de lo cierto o lo práctico. Y no pudo sino sonreír al darse cuenta de que había sido engañado por los ecos del progreso y por ello había llegado a creer comprender la fatalidad del tiempo, de su paso, su ida y su venida, la del amor herido, incluso tal vez atisbar la armonía de una vida de la que su sentido desconocemos, y que bajo este supuesto ningún fin tiene buscar la verdad; que no es comprensible a nivel práctico, la belleza de querer vivir cuando aun no sabemos el por qué de los esfuerzos de los que nos hacemos, o la magnificencia de la gratitud que nos une, la bajeda de la vergüenza que nos separa o la necesidad de la culpa que nuestro orden restituye.

Había descubierto al fin, que de nada sirve llenar a la persona de algoritmos, que es la persona simple, aunque infinitamente singular; y había comprendido, que no hacía falta preguntar cosas tan bobas, que a la belleza no se le ha de cuestionar, como no se cuestiona el amor o la suerte. Y por encima de todo, comprendió al olvidar lo comprendido, que no era su algoritmo, su singularidad, sino el arte y que sería siempre para él la ciencia un divertimento menor, contingente, que constituiría este pues, la certidumbre de que cualquier cosa que él llegara a proponer sería valiosa independientemente de su veracidad, por el simple hecho de haber sido dicha, de haber sido sentida, y en el mejor de los casos, tal vez escuchada. Nunca comprendida.

¡Qué necio era al haber querido comprender!,

¡Qué idea más loca!, ¡Qué idea más suya!

Tenía unas ganas locas de reempezar.

Oph**


Fotografía por Gregorio Castro.

viernes, 14 de octubre de 2011

Realidad.


Lo más terrible que puede ocurrirle a un ser humano es ser realista, el realismo del mundo es absolutamente intolerable; es por ello, que admiro tanto a la gente: admiro a la gente que está seria cada día, admiro a la que cada día sonríe, a los fuertes y a los débiles. Admiro la pluralidad humana, y sobretodo admiro su capacidad para engañarse, para seguir adelante, porque ¿saben qué es lo más terrible que puede acontecerle a un hombre? Estar distraído y de repente encontrarse uno, muerto, y sorprendido de su propia ida, cuando ninguna pregunta hacia su venida formuló jamás.

Existen como para casi todo en el mundo; para la literatura, desde el alma profunda, dos maneras básicas de entenderlo todo: la extasiada de la belleza y la ampulosidad y la enamorada de la decadencia, de lo sobrio, de lo oscuro y lo terruñero. Pero en lo que a mí respecta, estos dos entendimientos constituyen básicamente lo mismo, el mismo enamoramiento profundo de las mismas cosas, con una simple deficiencia por ambas partes para la narración; lástima que no sea ninguna de estas dos formas compatibles con el mundo en el que vivir nos ha tocado, en el que no puede existir, la literatura, ni el amor puro, ni por supuesto la realidad.

Y es que hoy en día no existe miseria, ni temor más grande, que aquel a la realidad. Es un mito, que se carezca hoy en occidente, de alimento y hace años que nadie muere de hambre, tampoco es ya nuestra la guerra. Aunque a lo lejos resuenen los ecos del fulgor de la batalla, no son nuestros campos regados con sangre, y no se mancharán nuestras mejillas de polvo ni de fango las botas; es esta la crisis de occidente, la de aquellos que aunque todo lo tienen se empeñan en luchar y auto compadecerse de su maldita suerte, por el imposible, por el amor, pero mientras que cualquiera de ellos sabría apreciar la carne es sin embargo, el amor placer de mayor refinamiento, un deleite para unos pocos que quieran apreciarlo, y es cuando todo lo tienes, cuando esto puede faltarte. Y es entonces, cuando acontecen las penas, a mi alrededor miro y no hay rostros hambrientos, ni miradas ateridas, pero ¡ay! Cuántos acosados, por el vacío, cuántos acosados por la pena, esta, la desgracia de aquellos que todo lo tienen, y que ya nada quieren. Aquellos cansados y confundidos sin hacer nada y en tal epidemia ahogados que ya no pueden sonreír con los ojos embargados de alegría frente a una cerveza aguada convidada, o al pan y al vino del día de fiesta; son estas y ninguna otra las maneras de entender el mundo que antes transgiversé, se trata de creer tenerlo o no tenerlo o de ver la belleza en todo aquello que nos falta, en todo lo que nunca tuvimos. Con cuidado de no ser nunca demasiado realistas, con la precaución de no soñar nunca imposibles.


Oph**

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Madre.


Mire madre, que a punto estuvieron de quitarme la vida, la otra noche cerca del río, y ni tan siquiera un poco se arrepiente de haberme herido en sus versos, tan a punto estuvo de quitarme la vida que casi me matan y mire madre, que tan siquiera me han pedido perdón, no lo han hecho aunque sean profundas las heridas del alma y llore en las noches por ti. Que aunque fueran sus palabras cortas, de buena tinta sé que eran sus intenciones largas, y sus caricias cálidas, y sus besos amargos y desesperados. Mire madre, he de decirle que casi me matan, y ni aun ahora podría decirle a ciencia cierta si es verdad que estoy muerto o solo lo imaginé; o tal vez, simplemente, se trate del extraño hecho de querer morir, madre he de decir que por encima de todo estoy muy asustado, ha de saber que, aunque nunca tuve especial gana de morir y tener que dejarte, siempre supe que nunca sería un hombre hasta entonces. Y la verdad es que no entiendo ahora nada, que hace poco encontré a mi agresor y no pudo sino sonreírme. Y sepa madre, que a pesar de todo en el alma la respeto, ha de saber madre que si de verdad me mataron sus versos en la vida me lo perdonaré, pero es que madre, estaba la noche tan estrellada que me resulto muy difícil resistirme al aroma de su piel, y por encima de todo ha de saber madre, que si usted no lo quisiera no sería esto una despedida y nunca la volvería yo a ver. Y sé que puede ser esto una imperdonable afrenta a su amor casto y puro y ni tan si quiera yo puedo llegar a entender cómo pude amar a ese ser, que nada por mi ha hecho en detrimento de la que es mi madre.

Sabe madre, creo que lo amé por sus versos y si tal vez fuera esta la razón pudiera ser mi amor puro, que son cortos los versos, y sin querer se nos meten por las orejas y al corazón nos llegan, madre, ha de saber que siento en esencia el indecible dolor de que usted crea que por ella la he olvidado, pero nunca hizo usted versos para mí y nunca dejó que su pelo resplandeciera a la luz de la luna; he de confesarle, madre, que me pillaron por sorpresa aquellos primeros versos que en vez de en mis orejas entraron en mis labios, y también ha de saber que estuve desde entonces muy confundido, que nunca hasta el momento había visto ya existencia de esos versos y ardió en llamas todo al momento sin que yo pudiera hacer algo para extinguir lo que creía ser mi alma, e incluso creí por un instante que todo estaba bien y con nitidez no recuerdo muchas de las cosas, pero sé bien, que su cuerpo fue un verso entero y puro, pero era un verso diferente, mucho más similar a esos que me dejó en los labios que a los que me regaló para los oídos. Y madre, cuando fue todo su ser verso fue este solo para mi, y creo que por un momento incluso yo mismo llegué a ser poética cadencia, como una imberbe alegoría que confundida, aun, trata por encontrar su propio sentido y mire madre que nada más volver ella a ser cuerpo y yo a ser hombre creí por un instante haber cometido el mayor de los errores, hasta que volví a verla, toda de versos llena, que eran sus ojos de azabache, de cisne el cuello y pálida la frente, pálida y fría como el hielo, que de la pasión, ardía. Y finalmente vi todo el verso guardado en su sonrisa.

Entiéndame madre, que aun espero su perdón, que el de la criatura verso ya ni lo quiero ni me importa, que hace días la vi reír y aunque en sus ojos no pude perderme quedé perdonado de cualquier mal que ella pudiera causarme en el mundo; sin embargo, sepa madre que si usted me lo pide será esta experiencia solamente la afrenta del río y volveré a su regazo como si nunca en mi hubiera muerto el niño que usted trajo al mundo. Sin embargo, espero que tal vez, aunque celosa y por la locura cegada pueda usted perdonar y tal vez incluso alegrarse de este niño amor, que a su hijo destrona y tal vez le de muerte, pero tal vez sea el nuevo hombre algo mejor que aquel que marchó en la oscura noche, tendido junto al río.


Oph**

lunes, 12 de septiembre de 2011

Claroscuro.



En el juego del claroscuro se esconden las sombras, y ahora que de ti ya no me queda nada, juegan los enamorados a construir eso que los antiguos ya llamaron amor, y nada más acabar no quieren sino destruirlo para comenzar desde cero y hacerlo de todas y cada una de sus formas, eternas e inmanentes, para deshacerlo siempre con la misma sonrisa, y es que no se conoce destrucción alguna dotada de cariño, excepto esta de ese amor.

En el juego del claroscuro se esconden los enamorados, de las sombras, como entrelazadas e indiferenciadas, hay quien diría que hermanadas incluso se encuentran, cuando solo ellos saben dónde acaba el uno y dónde empieza el otro y conocedoras de que son por un momento necesarias a su propio tiempo y espacio permanecen en el claroscuro confiadas y perdidas entre un suspiro que se va, y un gemido que ya viene.

En el claroscuro se esconden, y aunque de sobra saben que hubo otros muchos como ellos no se atreverían a creer ni tan solo por un instante que pueda existir amor más grande, pasión más pura, sensualidad más inflamada; y entre los gradientes, la oscuridad y el calor de sus cuerpos olvidan agradecer a las nubes que las proyectan, su presencia, tal vez sea por ello, o tal vez nada tenga que ver, pero es el viento el que fuerte las aleja sin piedad, a la caída del sol, tras la caída de la lluvia, cae también toda esperanza e ilusión, para irse con viento fresco, tal y como llegó.

En el juego del claroscuro, aunque nunca vuelvan a encontrarse aun han de saber que lo que tuvieron no se lo quita nadie, y por supuesto, que a partir de ahora, será para ellos más cierto que para nadie que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

Oph**

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Para que las palabras cobren vida III

Nacimos para estar juntos.



“Nacimos para estar juntos”, dijo él con voz melosa y tono de broma, sin comprender que aunque aquello no fuera una aseveración ni exacta ni “absolutamente” cierta le daría sentido al resto de todas las cosas, y por ello hizo, en un instante, que todo cobrara sentido; y que el café, nunca suficientemente fuerte, lo fuera un poco más, y que el chocolate del donut, nunca suficientemente dulce, al contacto con sus labios fuera lo más dulce que ellos jamás habían probado. 
Y es que aun no sé para qué nació él, y tal vez nunca llegue a saberlo, porque quizás no sea necesario; pero he comprendido de un plumazo el sentido de mi propia existencia; y es que no existo más que para que él exista, bajo el axioma por el que para la contingencia de cualquier existencia es necesaria la existencia del “yo”, sé por ello que existo como simple motivo de su existencia, porque habría sido demasiado cruel, por parte de ese Dios contingente a la necesidad de mi misma privar a la humanidad (contingente de mi mente) de su presencia.
Y como un crío que un día descubre la permanencia de los objetos, y que las cosas siguen existiendo aun sin su presencia yo hoy descubro la contingencia de todas las cosas a mi representación mental de las mismas; en la medida que también él niega la existencia del infinito por no encontrar representación mental en su mente para ello; por el mismo motivo que no existe la nada más allá de la de Carmen Laforet, hoy entiendo de manera “absoluta” el motivo de mi existencia, y supeditarla a una representación tal vez me haga inmortal, tal vez etérea, pero al menos ya sé la finalidad, que no es sino la de permitir la suya, y por supuesto quererlo.
“Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.” L.C

Oph**

lunes, 5 de septiembre de 2011

Penélope.


Se arremolina la salitre en sus cabellos y a través de sus traslúcidos párpados siente ya precipitarse el sol, presagio de lo que vendrá, de la marea y la llegada de su amada luna, azul como su corazón triste y frío, que tantas noches ha esperado con ella la llegada, obstinada, dándole el único cobijo que ha tenido desde su partida reflejándola sobre el mar por si acaso era en la oscuridad la llegada, encontrara este su faro.

Brilla el cuerpo de Penélope, recortándose sobre el horizonte, atardece en el mar y no parece verse sino su suave cuerpo descansando sobre la arena áspera y mojada; los rayos postreros del atardecer, que ya todo lo ciegan, rosas y naranjas, resaltan su bella figura dorada que está rota de la brisa y dura de la sal de las olas, abúlica y perdida en un lugar incierto entre la costa y el océano, entre seguir adelante y abandonar.

Bailaba sobre el agua, arrastrada por la corriente, fría y entumecida, a pesar del sol pálida y sedienta de beber agua de mar, tal vez incluso muerta sin saber cómo ni de qué, ahogada, pero sin sal en los pulmones, por sus propias lágrimas maldita y a la muerte conducida, como quien por querer algo demasiado no hace más que perderlo, había perdido por su amor a la vida, la misma.

Pero es que vida no podía haber sin la de él, y si al mismo se lo había tragado el mar, a sus fauces acudiría ella presta, temerosa de que la debilidad fatal no le permitirá completar su camino y fueran las lágrimas quienes la ahogaran, yendo cada uno a yacer a frías aguas inhóspitas e indisolubles la una en la otra, quedando entonces tan separados en la muerte, como en la vida.

Queda hoy solo una estatua de sal blanca de la que fue la joven Penélope, que el mar no puede disolver ni llevarla con su amado esposo; y no es sino, el murmullo del mar hoy, los sollozos de Penélope; y no es sino, cada ola que rompe y la maltrata la furia de la ausencia, de aquel que al volver no encontró nada, y no se sintió abandonado, pero sí solo y como el desdichado que siempre fue en la mar se dio muerte.

Y no es esta historia épica, si quiera es un cantar, no es esta historia por nadie hoy recordada o admirada, es una historia que sin pena ni gloria muere, la historia de tantos que marchar tienen, y que a la vuelta encuentran muerto lo que dejaron aunque ahí permanezca su esposa, es esta la historia de todos los que al partir ven morir un trozo de su ser, es esta la historia de todo aquel que a alguna guerra ha partido, y al volver encontró un corazón tan frío y roto como lo está el suyo propio por el horror, que aunque lo espera nada puede ya salvarlo. Es esta la historia de todos aquellos que no volvieron y la de los que aun siguen esperando temerosos de morir en sus lágrimas en vez de en el mar.


Oph**

lunes, 29 de agosto de 2011

Para que las palabras cobren vida II

¿Te has enamorado alguna vez de un poeta?





Nunca lo hagas, si no es así, si por el contrario ya lo has hecho, nada tengo que contarte. Que se les acaba el amor, cuando se les desgastan los versos y resuenan amargas

las palabras al oído, y las mentiras les desgarran la garganta.


Un poeta no se enamora como lo hacen los vagabundos, no se enamora de tu cadencia, ni del paso del tiempo en tu sonrisa; no les llega para tanto ese romanticismo, que malgastan en versos y alcohol en vez de en mujeres. Se enamoran tan solo, por ello, de los versos que en tu nombre escribieron; así que, cuando el rojo carmín te abandone de besarlo, no se relamerá el poeta de tus labios desnudos, como el vagabundo haría, y añorará entonces el artificio; que no aman los poetas sino la forma, sin importar mucho el contenido.


Y cuando, de dormir a su lado, se te aplasten los rizos, te despreciará como a la ramera que huele a ginebra barato en las mañanas, en las que duele la cabeza, y su olor te da náuseas… y te rechazará de malos modos y te sacará a la puerta de los pelos con el vestido sin abrochar. Pero ¡ay! cuando lo haga, será entonces más desgraciado que aquel vagabundo que nunca te tuvo, enamorado de la melancolía de tus ojos, que no es si no lo que él siempre anheló, y amará tu tristeza y la añoranza por el tiempo pasado, y amará sobretodo tu ausencia, que no son capaces de amar los poetas, sino aquello que no tienen.


No te enamores nunca de un poeta, no te dejes nunca alienar en versos suaves recitados al oído, que no es sino enamorarse: “tomar veneno por licor suave”, no te enamores de un poeta, de esos que desgastan el romanticismo que cualquier otro en ti pondría, ya que solo cuando llores y gimotees y el rímel marque tus mejillas, amará él la ausencia de artificio, y tal vez solo entonces, llegue a quererte, tal vez, tan solo un poco, al amar la autocomplacencia que su melancolía le produce, al producirse de su alma tal beneplácito y poder de él en sus versos vanagloriarse.


Oph**

domingo, 28 de agosto de 2011

Reflexiones largas para una vida corta.

No existe en el hombre, dolor más grande y penoso que el de darse cuenta de que no es nuestro duelo más que la sucesión de pasos al hombre connatural; que no es este más puro, amargo o desesperado, que no es aquel sino una reproducción que de lo que él se esperaba, y que no constituye, perder a un hijo o a un esposo, algo trascendental o único, que no es sino ese dolor que ahoga, algo por todos compartido y que ni si quiera podemos sentirlo como especial o único, como si de un simple reflejo se tratara y no existe pena más grande ni amor más puro.

Y es por ello, que inexplicablemente existe esa necesidad de llorar y pasar el duelo a todos envidado, tal vez, simplemente a modo de escape de la locura y la monstruosidad que de no ser así nos invadiera al deshumanizarnos y así ser tal vez diferentes, tal vez humanos, negación, impotencia, culpa, enojo, duelo (pena, llanto), aceptación…

Es entonces cuando te das cuenta de que no existen los poetas, ni los músicos, ni los bailarines, ni los pintores, que no es el arte más que una farsa, la expresión de todo aquello que tal vez nos gustaría creer que somos, aunque duela esto más a su modo que la verdad, sea esta o no amarga siempre será más difícil de aceptar que una mentira, pues solución no tiene; reflexiones largas para una vida corta en la que nada pintan, que esta no es sino la gente que aun sigue contándose a sí misma que merece, el amor, la pena, que el dolor es puro y que no existe la soledad del alma sin la ausencia.

Sin embargo de nada de lo que sé puedo estar segura, que no es la certidumbre más que lo que la incertidumbre ya se ha cansado de plantearse; así, en este último suspiro de duda huye por mi aun entreabierta ventana veraniega cualquier vestigio de inspiración que en mí, quedase, cuando consciente de lo incognoscible de la verdad me avergüenzo de buscarla e inventármela diferente cada vez de nuevo en todos los escritos, sin que sea ninguna más mentira ni más cierta que la anterior, al habérmelas creído yo todas, ingenua de mí misma.


Oph**

lunes, 22 de agosto de 2011

Para que las palabras cobren vida

A continuación os dejo el primero de lo que espero que sean una serie de narraciones, para que las palabras cobren vida.


Espero que os guste.


Queridos personajes (sean quienes sean y lo que sean) de esta nuestra vida, en la que se intercalan pequeñas maldades tales para que podamos soportarlas, es posible que no escriba para nadie y ustedes no existan más que en mi imaginación o quizás en un reducto de mi memoria, de cualquier modo me siento más cómoda dirigiéndome a alguien.


Desconozco su naturaleza e incluso la mía si me apuran, y es posible que esto carezca de toda importancia, pero quizás ahí resida todo su interés. No pretendo enjuiciar a nadie con este escrito más allá de a la humanidad entera, a esa antigua desaparecida, de la que solo quedan hombres que desconocen el sentido de esta palabra. Son sus predecesores, hijos del avance, de la sucesión continua de hechos, esa que algunos erraron en llamar progreso y así ellos mismo en él confiados asistieron como pasivos espectadores a su propio suicidio silencioso e indoloro, y por encima de ello asistieron a él como sus inocentes instigadores.


Me despido de ustedes por último y sean quienes sean para dar paso a la historia y juzguen por ustedes mismos, si no actúan los hombres en beneficio de un recuerdo borroso al que intentar ser rigurosos, a ese recuerdo de la humanidad o si realmente siguen siéndolo, si en algún recóndito lugar de su alma queda un rescoldo de ella, o tan solo su recuerdo.


Oph**

viernes, 19 de agosto de 2011

Miedo.


Nada más inteligente existe que temer al miedo, nada más ridículo y paradójico, al fin y al cabo; sin embargo, es por todos alguna vez rechazado el terror nocturno y buscada la sábana suave que nuestra mejilla húmeda consuele, y el pecho cálido que la reconforte y llene como si desnutrida se hallara cuando no llega tan si quiera a estar asustada.

Es el amor necesidad más grande que ninguna otra, que sin él hasta los más fuertes se marchitan y temen, hacia atrás buscan con los ojos anegados y vuelven sobre sus pasos, que por oscuro que este fuera es siempre más claro el pasado que el incierto porvenir, y no hay mejor manera de enfrentar el temor que de una mano prendido.

Resulta; sin embargo, también el miedo necesario, porque si no ningún sentido tendía que ávidamente lo buscáramos cuando parece que nada halla que temer y en el futuro lo cristalicemos como fuente de un incierto mal que aun si quiera podemos atisbar como cierto.

Y es que, tal vez, sea necesario el miedo para sentirnos débiles y buscar el consuelo, y en lo que a mí respecta, íntimamente ligados parecen el miedo al amor. Sin amor no existe miedo que valga ni consuelo alguno, sin miedo no se hallará ni el amor salvador ni el consuelo que no se necesita. Tal vez sea que para mostrarnos vulnerables ante el ser amado necesitemos temer algo peor, o tal vez sean amor y miedo la misma cosa, preeminente a sí misma.

Pero ay, pobres de aquellos que a amar tengan miedo, ningún consuelo más allá de esa soledad que quema puede quedarles y aun así no atisbo a acertar si constituye esta: su miedo o su consuelo.


Oph**

lunes, 25 de julio de 2011

Nunca te enamores de un poeta.



¿Te has enamorado alguna vez de un poeta?

Nunca lo hagas, si no es así, si por el contrario ya lo has hecho, nada tengo que contarte. Que se les acaba el amor, cuando se les desgastan los versos y resuenan amargas las palabras al oído, y las mentiras les desgarran la garganta.

Un poeta no se enamora como lo hacen los vagabundos, no se enamora de tu cadencia, ni del paso del tiempo en tu sonrisa; no les llega para tanto ese romanticismo, que malgastan en versos y alcohol en vez de en mujeres. Se enamoran tan solo, por ello, de los versos que en tu nombre escribieron; así que, cuando el rojo carmín te abandone de besarlo, no se relamerá el poeta de tus labios desnudos, como el vagabundo haría, y añorará entonces el artificio; que no aman los poetas sino la forma, sin importar mucho el contenido.

Y cuando, de dormir a su lado, se te aplasten los rizos, te despreciará como a la ramera que huele a ginebra barato en las mañanas, en las que duele la cabeza, y su olor te da náuseas… y te rechazará de malos modos y te sacará a la puerta de los pelos con el vestido sin abrochar. Pero ¡ay! cuando lo haga, será entonces más desgraciado que aquel vagabundo que nunca te tuvo, enamorado de la melancolía de tus ojos, que no es si no lo que él siempre anheló, y amará tu tristeza y la añoranza por el tiempo pasado, y amará sobretodo tu ausencia, que no son capaces de amar los poetas, sino aquello que no tienen.

No te enamores nunca de un poeta, no te dejes nunca alienar en versos suaves recitados al oído, que no es sino enamorarse: “tomar veneno por licor suave”, no te enamores de un poeta, de esos que desgastan el romanticismo que cualquier otro en ti pondría, ya que solo cuando llores y gimotees y el rímel marque tus mejillas, amará él la ausencia de artificio, y tal vez solo entonces, llegue a quererte, tal vez, tan solo un poco, al amar la autocomplacencia que su melancolía le produce, al producirse de su alma tal beneplácito y poder de él en sus versos vanagloriarse.


Oph**

viernes, 22 de julio de 2011

Tranquilo.


Tranquilo, Pedro, cógeme de la mano, y agárrala fuerte, todo va a ir bien, ya sé que fuera está oscuro y frío, y aúllan las sombras en la noche, ya sé que dentro estamos tu y yo solos, y que el sonido de mi alocado corazón te retumba en los oídos, pero tranquilo, que tras la noche ha de brillar siempre el sol, aunque ambos sabemos que no es la noche sino una metáfora del corazón.

Tranquilo, Pedro, aquí estamos solos y bien acompañados por la tristeza, que no se atrevería dejarnos solos con nuestros cantos de pena, que no hay nada más extraño que un canto sin la melodía de la pena, y bien sabe ella que no lo soportaríamos, ya sé que el día es claro, y juguetean los rayos del sol en los cabellos de las muchachas, pero tranquilo, que tras el día, la noche llega, aunque ambos sabemos que no es el día sino una metáfora del corazón.

Tranquilo, Pedro, conmigo estarás siempre a salvo aunque ni si quiera sepa ya qué decirte, ni a ver, qué es lo correcto y agradable, atisbe, ya sé que fuera el día es incierto, y que ya no recuerdas bien lo que es estar dentro, pero tranquilo, que la certidumbre es tan solo aquella parte de la incertidumbre que hemos decidido desechar, aunque ambos sabemos, que la duda no es sino una metáfora del corazón.


Oph**

sábado, 4 de junio de 2011

Mantenimiento.

El blog se encuentra cerrado temporalmente, a la vuelta tendréis una nueva historia por entregas.
Siento las molestias, y espero que os guste este nuevo proyecto.
Un saludo.

Oph**

jueves, 26 de mayo de 2011

De lo bueno y lo malo.


Y apareció así ante mí, resoluta, la verdad. Tan clara, sobria y perversa que se tornaba negra a mis pupilas, de dilatadas y congestionadas que se encontraban como temerosa de mi ya amarillenta, y por los años corrompida, esclerótica.

Una incongruencia absoluta hacia todo aquello que alguna vez había creído como puro y claro; como consistente, necesario y a todas luces cierto “colorín, pingajo y hambre” o al menos en esto basado, cayendo en el irremisible error que ya anunciaba Wittgenstein, pero que aquí no puede si no hacer eco al bueno de Valle.

Todo lo que alguna vez habría podido, tal vez, salvarme ante momentos de debilidad; aunque sin embargo, nunca lo hizo, quizá, por lo incompleto de su esencia, su mutilada identidad; al tener nuestras mentes miedo de su totalidad, de la introspección, y de mirar con los ojos como volados hacia dentro, abandonando, de una vez por todas, todo aquello que nos habían enseñado debíamos buscar cuando miráramos; haciéndolo sin miedo.

Olvidando a los dulces pigmaliones, que a comprobar nuestras creencias nos impelían que de ciegos y burdamente absurdos que somos; nos conducían sin alternativa a ese punto de no retorno, al círculo vicioso del autoengaño, que hiel suave sana y alivia la ponzoña de nuestras almas.

Es tal vez por ello y por la propia jactancia de creernos a su imagen y semejanza que no somos capaces de idear un Dios más allá que de la mitad de nosotros mismos, cuando nuestra imagen y semejanza no solo destila pureza, sino también crueldad y ponzoña.

Y es que asumir un Dios completo del bien y del mal al que a imagen y semejanza hubiéramos sido creados pondría en entredicho nuestra jactancia y autoestima por partida doble, en un dilema irresoluble, o somos malos, o nuestro Dios a nosotros no se parece.

Es por ello que nos empeñamos día tras día y hora tras hora en mutilar nuestra identidad tratando de desterrar de ella todo aquello que consideramos pertenece al reino del Maligno. Aun hoy, y a estas alturas, no sé si eso sea tal vez lo que nos salve, nuestra perdición; o si es simplemente lo que nos define, ese complejo de superioridad mal digerido, que a fin de cuentas y por razones que no logro atisbar debe ser la adaptativa mutilación de nuestro yo.

Oph**

sábado, 21 de mayo de 2011

Claude.


Claude era, como no podía haber sido de otra manera, de un vaporoso y tierno carmesí, al menos era así su sonrisa, eterna e inmanente. Del resto de ella, no tengo si quiera memoria cromática, qué decir de la semántica o episódica; si bien es cierto, ni si quiera las necesito al de ella conservar el aroma de sus sonoros ojos y el frú frú de su vestido, que violento se desdibuja a golpes contra sus níveas piernas, de cualquier /b/ello desprovistas; y entre delicados y distraídos brochazos, llenos de pasión, delimito el espacio entre estas y los tules.

Y luchó descarnadamente para teñir, sin dilación, de tristeza su sonrisa desdentada, luchó contra la retracción vertical de su mandíbula sumisa; en esos momentos, lo que menos falta le hacía era que nadie le cuestionara su derecho ni sus motivos; era ahora, en ese preciso instante de incertidumbre fútil y volátil, cuando cualquier mirada intimidatoria la hundiría por no entender la naturaleza de ese su nuevo estado, y si bien le habían contado que existía gente en primacía de esos ecos( que querían llamar felicidad) permanecía en ese estado ignominioso. Qué agobiante debía ser esa vida, replanteándose a cada instante la validez de sus motivos para esta; de cualquier modo, si algo le quedaba claro es que: ella, de la vida, nada sabía al siquiera tener una.

Y es que no era más que el sueño inconcluso del que tal vez fuera un loco, y no podía sino tratar de acatar sus órdenes aunque tan verde fuera la hierba y tan terruñero pareciera el sol a simple vista, ni si quiera aunque las flores fueran verdaderos acúmulos de pintura saltarines y libidinosos de una pintura con el óleo mal mezclada.

Tal vez, en otro lugar, existieran de manera usual otras cosas en tersos lugares aunque de ellos no hubiera acúmulos ni verdes campos, y esa pequeña sonrisa fuera tal vez la primicia de que lo hacían, como había oído decir en historias tal vez también por otros locos escritas, pero eso era ya otra cosa pues podían al menos mover y avanzar, por preescrito que estuviera el camino, claro que de ello nada sabía, y tampoco valía la pena la eterna duda del algo mejor; si al fin y al cabo, eso no estaba tan mal. Y no es que tuviera miedo, es tan solo que conocía su condición de imagen, de pensamiento, de alucinación. Al fin y al cabo nada temes, si nada has tenido, si has perdido aun menos.

Al fin y al cabo,- ¿alguna vez has estado mejor?- Eso creo, pero al fin y al cabo memoria cromática no me queda más que de esa sonrisa, y de ella es de lo único que puedo recordar, porque es de lo único que tengo verdadera ausencia, ausencia; al fin y al cabo, de eso que nunca tuve, supongo, que son los contratiempos de ser la idea de un loco soñador, y discúlpenme la redundancia.

Y aun después de todo lamento y tribulación no puede Claude sino pedir perdón por atreverse a ponerlo sobre un papel o tal vez a querer haberlo hecho, por si de ellos alguna de vuestras vísceras ha removido o tal vez se les haya agitado el frio cerebro Aristotélico; a los efectos, nos es indiferente, pero de galanes y bien educados es el pedir perdón por poco que las penas de otros no importen, mientras en la introspección estamos sumidos.


Oph**

viernes, 29 de abril de 2011

Sentido.


“Nacimos para estar juntos”, dijo él con voz melosa y tono de broma, sin comprender que aunque aquello no fuera una aseveración ni exacta ni “absolutamente” cierta le daría sentido al resto de todas las cosas, y por ello hizo, en un instante, que todo cobrara sentido; y que el café, nunca suficientemente fuerte, lo fuera un poco más, y que el chocolate del donut, nunca suficientemente dulce, al contacto con sus labios fuera lo más dulce que ellos jamás habían probado.

Y es que aun no sé para qué nació él, y tal vez nunca llegue a saberlo, porque quizás no sea necesario; pero he comprendido de un plumazo el sentido de mi propia existencia; y es que no existo más que para que él exista, bajo el axioma por el que para la contingencia de cualquier existencia es necesaria la existencia del “yo”, sé por ello que existo como simple motivo de su existencia, porque habría sido demasiado cruel, por parte de ese Dios contingente a la necesidad de mi misma privar a la humanidad (contingente de mi mente) de su presencia.

Y como un crío que un día descubre la permanencia de los objetos, y que las cosas siguen existiendo aun sin su presencia yo hoy descubro la contingencia de todas las cosas a mi representación mental de las mismas; en la medida que también él niega la existencia del infinito por no encontrar representación mental en su mente para ello; por el mismo motivo que no existe la nada más allá de la de Carmen Laforet, hoy entiendo de manera “absoluta” el motivo de mi existencia, y supeditarla a una representación tal vez me haga inmortal, tal vez etérea, pero al menos ya sé la finalidad, que no es sino la de permitir la suya, y por supuesto quererlo.

“Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.” L.C.

Oph**


domingo, 17 de abril de 2011

Lara.





Ven, mi niña de los ojos de almendra, porque hoy eres también mía, aunque yo no sea nada tuyo, o al menos tu no lo sepas; ven y te prometo que haremos el bordillo, cuando nada entiendas y llores desconsolada sin saber lo que quiero decirte, ni entender esa necesidad que parezco tener de organizarte la vida. Y la verdad que no me extraña, niña preciosa , que no entiendas este mundo en el que te ha tocado vivir, cuando nadie ha sido capaz aun de explicártelo, cuando nadie te ha preguntado si de verdad es esto lo que quieres, ni por qué todo el mundo se empeña en ser tan diferente a ti, y en creer estar siempre en lo cierto; cuando yo, que fácil lo tengo, a veces creo no entender nada; y sin embargo, a veces creo entenderlo todo cuando te miro y jugamos a que me devuelves la mirada solo cuando quieres, como para demostrarme que formas parte de eso que llaman incertidumbre, y el resto de las cosas lo forman para ti, y es por ello, que tal vez a veces te parezca que el mundo es tuyo, y otras que es todo contra ti, como cuando decides no mirarme con esos ojos de almendra y aun entonces me gustaría poder explicártelo todo.

Y es que a veces lloras como una niña caprichosa que no quiere volver a casa, y lo entiendo, porque no sabes decírmelo de otra manera, entonces soy dura y te hago ver que es hora de irnos, y acabas riéndote porque sabes que cometiste una pequeña travesura, y esa risa vale por todas las lágrimas y todas las palabras que nunca pudiste decirme y hueles a sol; pero otras veces lloras de incomprensión, perdida, y no sé cómo explicarte que todo va a ir bien y que aunque nadie sobre ello te haya preguntado todos creen que es lo mejor, y miras mis dibujos sin comprender, olvidas los pictogramas y los signos y desesperada de no poder ver esos ojos de almendra tristes canto, canto para que aunque no entiendas la letra y mi horrible voz tal vez te desquicie recuerdes la melodía y sepas que se repite, y que estará ahí cuando la necesites, para devolverle algo de control a tu vida, para hacer que superes en cierto modo la incertidumbre. Y a veces, llegadas a este punto a veces me haces caso y otras no, es entonces cuando te prometo apretándote la manita que en cuanto podamos haremos el bordillo y pondrás un pie delante de otro, segura, capitán y timonel de tu propio barco y tu propia vida, o al menos así lo creas el mayor tiempo posible mientras esperas a que toque hacer otra de esas cosas que no entiendes.

Y cuando ese momento llegue no tuerzas el ceño ni arrugues tu pequeña frente, aunque sea solo porque te moleste el sol, porque no poder explicarte lo que en adelante viene a ti te hace fruncir el ceño, pero a mí, me parte el alma.

Por eso pasearemos por donde tú digas y subiremos donde tú quieras, porque cuando te pida la mano se que ahí estará presta al calor y al contacto, porque creo que es en este en el que tú tripulas, en el mundo de las caricias y los abrazos, que tal vez no te hagan comprender, pero sin duda nos hacen sentir mejor y nos unen no solo físicamente, sino porque nos explican el mundo, a nuestra manera.

Oph**

viernes, 15 de abril de 2011

El pensador.


Y me preguntó asombrado el escritor de ideas por qué siempre de sentimientos parecía escribir, mas no pude no ser sincera y no admitir que no es este sino un acto de aprehendida cobardía del mundo; así que, volvió el curioso pensador a inquirir el por qué de tal respuesta, y es que todo el mundo por suerte o desgracia siente, pero rara vez nadie piensa más de lo estrictamente necesario y adaptativo.

Tal vez sean pues, estos los sentimientos mi manera de mantenerme a salvo y a flote en ese el que parece que me ha sido dado, como un mundo para habitar cohabitado, en teoría, por otros, mis iguales, entre los que, sin embargo, a veces, no puedo no sentirme sola y perdida; y no lo tomen no como un acto de gallardía y elitismo, sino como el poso de los que estuvieron solos más de lo que hubieran gustado, de los que se encontraron solos, rodeados de alegres y festivas multitudes, de los que lo tuvieron todo frente a la persona adecuada, y esta pareció por unos instantes ser suficiente para llenar el vacío de sus vidas.

Sin embargo, la curiosidad de este pensador parecía ser insaciable y siguió descubriendo con avidez cada miseria de mi vergüenza, por ello preguntó por qué escribía los sentimientos tras metáforas, escondidos, como quien trata de esconder elefantes tras margaritas y luego escribe un sórdido texto sin ritmo ni belleza para, por ello, ante el mundo, disculparse, como fin más que como medio; y es que aun en la más cobarde de las artes parece que siempre yo tenga que esconderme de los posibles indecibles juicios rallando la perversión al convertir la escritura en fin más que en medio, en fin más que para mi propio Yo y tal vez, para la expiación de mis penas, que quizás no sea suficiente.

Y a veces, aun así, exploto y odio todo lo que me rodea y grito en silencio para que nadie lo oiga “Que tuerzan el cuello al cisne” creyendo, aun tan solo por un instante, que a las ampulosidades de esos tales Daríos he vuelto; y asustada entonces de la falta de contenido me asombro de mi propia involución, revolución de los sin alma, de los conformistas y siento la irrefrenable necesidad de escupir a esas amapolas que en su día creí esculpir.

Y en estos instantes quiero romper la inocencia que me quede contra el suelo y que junto con ella estalle el idealismo, cansada tal vez, de ser escritora de sueños, me gustaría por un momento convertirme en pensadora, sin embargo, en seguida vuelvo y sé que para ello no valgo y como si de una caída libre levantara sigo andando, magullada, conocedora de que esta sea tal vez la única manera de no matar esa Ophelia que tal vez me vanaglorie de haber creado, pero que no constituye si no una falta de respeto para aquella que de entre las aguas murió.

Y quiero dejar de ver la primavera como la ocasión de las flores secas y los días luminosos, no es sino una revolución que silenciosa y abúlica vapulea nuestros cuerpos y nuestras mentes, contra todo pronóstico, escondida, cobarde como yo, bajo su cálido manto y florecimiento y, sí, es que Primavera, como ya en su día dije es nombre de mujer. Me pregunto si tras la “Niebla” no estaría escondida la mayor de las verdades, y ante una sola mujer todos nos enfrentáramos, complicado desde dentro aceptarlo, y aceptar por ende la ausencia de mi propia identidad; pero en cierto modo y en lo poéticamente tocante, eso parece que es lo que pensaré hoy, que no somos más que diferentes cristales de la misma nieve, y que la niebla, más que escondernos a la luz nos saca, como si sobre nosotras hiciera, se reflejase una luz de las que no hay, en una niebla de las que en primavera no existen.

Y por ello pido perdón si tal vez a alguien impelí a bailar bajo la lluvia, o a teñir sus ojos de sonrisas, puede que por unos instantes en el derecho de esto hacer me creyera, y no lo tomen como un amargo texto, sino como uno sincero, y es que nadie tiene derecho a nada pedirles, ni si quiera si este nada es su propia felicidad y algarabía, pero si tienen derecho todos, por supuesto y sobre todo a preguntar, como si de pensadores se trataran, de esa extraña raza que levanta la humanidad y que de lado por ellos deja los sentimientos.

Oph**

lunes, 11 de abril de 2011

Mankind.


Informe masa infecta, convulsa y palpitante, asquerosamente homogénea, degradante, que al compás de los menos baila y arrastra en su danza a todos los demás cuales bóvedas ovinas mentes. Informe masa, orgullosa de su cadencia, de la esencia y el olor de sus vergüenzas, informe y uniforme masa heterogénea que arcadas de su propia existencia siente, masa, de estrellas tachonada que ocultas por el olor de las vergüenzas quedan, clave de lluvia entre dos manos escondida, que tapan los puntos de luz que de ella destellar podrían, y no pueden si no morir en los pliegues de la carne.

Hedionda pestilencia, sucia repugnante y de su sexo propio obscena, si es a su aire dejada, más que por el fruto de su esfuerzo y su imberbe revolución a la consecución de cosas que ni entiende ni ya hoy desea, pero es impelida por su propia inercia inconsciente. Y grita informe, con cadenciosas y asincrónicas voces, las hay tenaces, desgarradas, suaves, pálidas y estrepitosas, como nuestros cuerpos, que descontrolados no saben qué quieren decir y ni parece que les importe.

Viscosa, y nunca mejor dicho, encarnizada, furiosa y violenta, cálida y dulce, abyecta y pasional, que no quiere si no el contacto al estilo de la soledad

¿qué esperaban que esta fuera si no de la humanidad?

Oph**

Las Ophelias vivas.



Espera sabiendo que nada llegará, contoneando su cuerpo sobre sus pies desnudos, hasta que acabe la canción, y comience la miseria, sus manos suaves y acariciadoras, la acompañan en su suave contoneo y dirigen su cintura, basculante entre los extremos proyectados de sus pechos a izquierda y derecha. El olor de su pelo desdibuja invisibles líneas en la atmósfera que la rodea por cada nuevo giro de cabeza, más inesperado si cabe que el anterior, y la lluvia la empapa devolviéndola a la vida, recorriendo su desvestido cuerpo hasta morir contra el suelo de un duro golpe y una leve salpicadura eco del recuerdo.

No es esta si no la Encarna más que para el experimento creada, la Sonia Semionovna a la que nunca nadie podrá olvidar por la pureza de sus actos, y no es esta si no otra de esas efigies de las grandes literaturas que saben que nunca existieron y que sin embargo, a vivir y a dar sentido a nuestras vidas nos impelen, como solo puede hacerlo la palabra entre la retórica y la dialéctica perdida, que no es sino el pensamiento, y por ello y por todo, el nuestro, pero no son más que uno de esos nombres sin persona, creado para un mundo en el que existen más de estas, que personas sin nombre.

Y por extrañas razones, que a mi entendimiento escapan, parecen resultar estas figuras menos reales que todas las que a su creación subyacen, como si tomara Dios más realismo sobre nosotros que nuestras propias gentes, aunque de su existencia a veces dudemos. Asumo que ellas también lo hacen de la nuestra, y esta paradoja surrealista no me lleva más que a cuestionarme mi, a veces, inexorable existencia; al que igual que ellas no parecen existir más que cuando sobre las mismas caen las lágrimas yo tal vez no exista, si no como el reflejo de un rostro sobre el agua, de unas lágrimas que nunca fueron derramadas, al no ser mis actos tan puros ni tan pálida mi belleza como es la suya descrita, y la mía en sus retinas impresa, que no miran más que sobre mis ojos en las páginas desenfocados.

Y es por ello, que cuando los inviernos oscuros se encumbran tras los grises otoños cree la primavera haber perdido cualquier esperanza de ganar esta vez la partida; y es entonces, cuando la oscura luz ilumina las páginas sepias de estos nuestros libros y nos impele la obscuridad a aclarar nuestras vidas con las miserias de los otros, haciéndonos creer, al menos en el instante que derramamos el café espasmódico sobre las páginas y nos embriaga su sobrio olor, que nada podría ir mejor, recordándonos que el circadiano invierno ha vuelto, sin olvidarse de nosotros, demostrándonos en cierto modo que la vida no se olvida de nosotros al igual que no lo hace de ellas y que no por ello hayamos de ser más reales ni menos vulnerables a las exigencias de un Dios que no creemos que exista.

Y es en este punto, cuando la otoñal lluvia que ya atrás quedó en nuestro recuerdo, ha calado en nuestras almas y se ve allí aturullada por el frío invierno, en un desarropado esfuerzo por calentar nuestros cuerpos con algo de pasión sale por nuestros poros expirada, lágrimas vivas que hacen renacer las diosas olvidadas. Y estas conocedoras de de la brevedad de su existencia aunque más inmortales que nosotros mismos deciden salir al encuentro y bajo nuestras penas bailar desnudas, al compás de nuestros tiempos riéndose de la futilidad de nuestros sueños y la volatilidad de nuestra existencia, inmortales invenciones sin nombre ni prisas.


Oph**