viernes, 18 de noviembre de 2011

Si bien he de aceptar lo innegable.


Si bien he de aceptar lo innegable, nunca supe por entero lo que era la poesía, nunca supe construirla más allá de lo que para mí ya había venido dado, y aunque nunca entendí en el fondo lo que significaba bien una respiración desacompasada o una caricia rosa no pude dejarla ni tan solo un segundo de mi vida; que era sin ella, un suspiro sin aliento, era una caricia sin olor, un sueño roto contra el suelo del que no se derrama el líquido, porque no se tiró, si no que cayó y nada había ya dentro, sino el polvo de la espera.

Y mientras aun restalla en tus oídos el crujir del cristal, solo sentarte y ver como sobre ti se proyecta la sombra de otro asiento vacío, que ni ríe ni llora, pero consigue oprimirte con el abandono de su tristeza, mientras tu garganta te atenaza recordándote que el frío ya se ha apoderado del lugar.

Pero todo es más sencillo, cuando solo aspiras a ser el desenfoque de todos aquellos que ya se han cansado de mirar.

Y a veces, incluso, en el más alto páramo del más recóndito de los desiertos puede quedar dulzura suficiente, para que “en un vaso olvidada se desmaye una flor”; y es entonces, cuando te das cuenta que todo aquello que creíste que importaba ha pasado a ser irrelevante, solo pensar que ya ha pasado todo y que no queda más por venir que esa nada, que ya ni de menos echamos, aunque por bien seguro que de sobra conocemos.

Oph**


Fotografía por Gregorio Castro.


lunes, 24 de octubre de 2011

De Otero.


"Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos."



Aunque Blas había creído comprender, pasado un tiempo no hizo más que ser capaz de abrir los ojos y ver la evidencia de que echaba de menos el arte, de que no podía vivir sin ese fútil regalo. Y que aunque hubiera encontrado lo que creía que era divertimento más elevado para el alma, divertimento al fin y al cabo más pragmático y legítimo; y aunque, tal vez, fuera cierto que existe belleza en el crisol de lo cierto, no podía vivir sin poder si quiera afligirse del restallar de la lluvia contra el asfalto abúlico, o sin poder aun contemplar embelesado la sonrisa tímida y de carmín perfilada de una muchacha coqueta.

Pero también se dio cuenta nuestro Blas de que ahora le quedaba el camino más duro, el de desaprender todo aquello que se creía haber comprendido. El de subir y reescribir incansable todos los versos; porque el arte también necesita de culto y de esfuerzo, aunque lo que trate de descubrirse sea independiente de lo cierto o lo práctico. Y no pudo sino sonreír al darse cuenta de que había sido engañado por los ecos del progreso y por ello había llegado a creer comprender la fatalidad del tiempo, de su paso, su ida y su venida, la del amor herido, incluso tal vez atisbar la armonía de una vida de la que su sentido desconocemos, y que bajo este supuesto ningún fin tiene buscar la verdad; que no es comprensible a nivel práctico, la belleza de querer vivir cuando aun no sabemos el por qué de los esfuerzos de los que nos hacemos, o la magnificencia de la gratitud que nos une, la bajeda de la vergüenza que nos separa o la necesidad de la culpa que nuestro orden restituye.

Había descubierto al fin, que de nada sirve llenar a la persona de algoritmos, que es la persona simple, aunque infinitamente singular; y había comprendido, que no hacía falta preguntar cosas tan bobas, que a la belleza no se le ha de cuestionar, como no se cuestiona el amor o la suerte. Y por encima de todo, comprendió al olvidar lo comprendido, que no era su algoritmo, su singularidad, sino el arte y que sería siempre para él la ciencia un divertimento menor, contingente, que constituiría este pues, la certidumbre de que cualquier cosa que él llegara a proponer sería valiosa independientemente de su veracidad, por el simple hecho de haber sido dicha, de haber sido sentida, y en el mejor de los casos, tal vez escuchada. Nunca comprendida.

¡Qué necio era al haber querido comprender!,

¡Qué idea más loca!, ¡Qué idea más suya!

Tenía unas ganas locas de reempezar.

Oph**


Fotografía por Gregorio Castro.

viernes, 14 de octubre de 2011

Realidad.


Lo más terrible que puede ocurrirle a un ser humano es ser realista, el realismo del mundo es absolutamente intolerable; es por ello, que admiro tanto a la gente: admiro a la gente que está seria cada día, admiro a la que cada día sonríe, a los fuertes y a los débiles. Admiro la pluralidad humana, y sobretodo admiro su capacidad para engañarse, para seguir adelante, porque ¿saben qué es lo más terrible que puede acontecerle a un hombre? Estar distraído y de repente encontrarse uno, muerto, y sorprendido de su propia ida, cuando ninguna pregunta hacia su venida formuló jamás.

Existen como para casi todo en el mundo; para la literatura, desde el alma profunda, dos maneras básicas de entenderlo todo: la extasiada de la belleza y la ampulosidad y la enamorada de la decadencia, de lo sobrio, de lo oscuro y lo terruñero. Pero en lo que a mí respecta, estos dos entendimientos constituyen básicamente lo mismo, el mismo enamoramiento profundo de las mismas cosas, con una simple deficiencia por ambas partes para la narración; lástima que no sea ninguna de estas dos formas compatibles con el mundo en el que vivir nos ha tocado, en el que no puede existir, la literatura, ni el amor puro, ni por supuesto la realidad.

Y es que hoy en día no existe miseria, ni temor más grande, que aquel a la realidad. Es un mito, que se carezca hoy en occidente, de alimento y hace años que nadie muere de hambre, tampoco es ya nuestra la guerra. Aunque a lo lejos resuenen los ecos del fulgor de la batalla, no son nuestros campos regados con sangre, y no se mancharán nuestras mejillas de polvo ni de fango las botas; es esta la crisis de occidente, la de aquellos que aunque todo lo tienen se empeñan en luchar y auto compadecerse de su maldita suerte, por el imposible, por el amor, pero mientras que cualquiera de ellos sabría apreciar la carne es sin embargo, el amor placer de mayor refinamiento, un deleite para unos pocos que quieran apreciarlo, y es cuando todo lo tienes, cuando esto puede faltarte. Y es entonces, cuando acontecen las penas, a mi alrededor miro y no hay rostros hambrientos, ni miradas ateridas, pero ¡ay! Cuántos acosados, por el vacío, cuántos acosados por la pena, esta, la desgracia de aquellos que todo lo tienen, y que ya nada quieren. Aquellos cansados y confundidos sin hacer nada y en tal epidemia ahogados que ya no pueden sonreír con los ojos embargados de alegría frente a una cerveza aguada convidada, o al pan y al vino del día de fiesta; son estas y ninguna otra las maneras de entender el mundo que antes transgiversé, se trata de creer tenerlo o no tenerlo o de ver la belleza en todo aquello que nos falta, en todo lo que nunca tuvimos. Con cuidado de no ser nunca demasiado realistas, con la precaución de no soñar nunca imposibles.


Oph**

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Madre.


Mire madre, que a punto estuvieron de quitarme la vida, la otra noche cerca del río, y ni tan siquiera un poco se arrepiente de haberme herido en sus versos, tan a punto estuvo de quitarme la vida que casi me matan y mire madre, que tan siquiera me han pedido perdón, no lo han hecho aunque sean profundas las heridas del alma y llore en las noches por ti. Que aunque fueran sus palabras cortas, de buena tinta sé que eran sus intenciones largas, y sus caricias cálidas, y sus besos amargos y desesperados. Mire madre, he de decirle que casi me matan, y ni aun ahora podría decirle a ciencia cierta si es verdad que estoy muerto o solo lo imaginé; o tal vez, simplemente, se trate del extraño hecho de querer morir, madre he de decir que por encima de todo estoy muy asustado, ha de saber que, aunque nunca tuve especial gana de morir y tener que dejarte, siempre supe que nunca sería un hombre hasta entonces. Y la verdad es que no entiendo ahora nada, que hace poco encontré a mi agresor y no pudo sino sonreírme. Y sepa madre, que a pesar de todo en el alma la respeto, ha de saber madre que si de verdad me mataron sus versos en la vida me lo perdonaré, pero es que madre, estaba la noche tan estrellada que me resulto muy difícil resistirme al aroma de su piel, y por encima de todo ha de saber madre, que si usted no lo quisiera no sería esto una despedida y nunca la volvería yo a ver. Y sé que puede ser esto una imperdonable afrenta a su amor casto y puro y ni tan si quiera yo puedo llegar a entender cómo pude amar a ese ser, que nada por mi ha hecho en detrimento de la que es mi madre.

Sabe madre, creo que lo amé por sus versos y si tal vez fuera esta la razón pudiera ser mi amor puro, que son cortos los versos, y sin querer se nos meten por las orejas y al corazón nos llegan, madre, ha de saber que siento en esencia el indecible dolor de que usted crea que por ella la he olvidado, pero nunca hizo usted versos para mí y nunca dejó que su pelo resplandeciera a la luz de la luna; he de confesarle, madre, que me pillaron por sorpresa aquellos primeros versos que en vez de en mis orejas entraron en mis labios, y también ha de saber que estuve desde entonces muy confundido, que nunca hasta el momento había visto ya existencia de esos versos y ardió en llamas todo al momento sin que yo pudiera hacer algo para extinguir lo que creía ser mi alma, e incluso creí por un instante que todo estaba bien y con nitidez no recuerdo muchas de las cosas, pero sé bien, que su cuerpo fue un verso entero y puro, pero era un verso diferente, mucho más similar a esos que me dejó en los labios que a los que me regaló para los oídos. Y madre, cuando fue todo su ser verso fue este solo para mi, y creo que por un momento incluso yo mismo llegué a ser poética cadencia, como una imberbe alegoría que confundida, aun, trata por encontrar su propio sentido y mire madre que nada más volver ella a ser cuerpo y yo a ser hombre creí por un instante haber cometido el mayor de los errores, hasta que volví a verla, toda de versos llena, que eran sus ojos de azabache, de cisne el cuello y pálida la frente, pálida y fría como el hielo, que de la pasión, ardía. Y finalmente vi todo el verso guardado en su sonrisa.

Entiéndame madre, que aun espero su perdón, que el de la criatura verso ya ni lo quiero ni me importa, que hace días la vi reír y aunque en sus ojos no pude perderme quedé perdonado de cualquier mal que ella pudiera causarme en el mundo; sin embargo, sepa madre que si usted me lo pide será esta experiencia solamente la afrenta del río y volveré a su regazo como si nunca en mi hubiera muerto el niño que usted trajo al mundo. Sin embargo, espero que tal vez, aunque celosa y por la locura cegada pueda usted perdonar y tal vez incluso alegrarse de este niño amor, que a su hijo destrona y tal vez le de muerte, pero tal vez sea el nuevo hombre algo mejor que aquel que marchó en la oscura noche, tendido junto al río.


Oph**

lunes, 12 de septiembre de 2011

Claroscuro.



En el juego del claroscuro se esconden las sombras, y ahora que de ti ya no me queda nada, juegan los enamorados a construir eso que los antiguos ya llamaron amor, y nada más acabar no quieren sino destruirlo para comenzar desde cero y hacerlo de todas y cada una de sus formas, eternas e inmanentes, para deshacerlo siempre con la misma sonrisa, y es que no se conoce destrucción alguna dotada de cariño, excepto esta de ese amor.

En el juego del claroscuro se esconden los enamorados, de las sombras, como entrelazadas e indiferenciadas, hay quien diría que hermanadas incluso se encuentran, cuando solo ellos saben dónde acaba el uno y dónde empieza el otro y conocedoras de que son por un momento necesarias a su propio tiempo y espacio permanecen en el claroscuro confiadas y perdidas entre un suspiro que se va, y un gemido que ya viene.

En el claroscuro se esconden, y aunque de sobra saben que hubo otros muchos como ellos no se atreverían a creer ni tan solo por un instante que pueda existir amor más grande, pasión más pura, sensualidad más inflamada; y entre los gradientes, la oscuridad y el calor de sus cuerpos olvidan agradecer a las nubes que las proyectan, su presencia, tal vez sea por ello, o tal vez nada tenga que ver, pero es el viento el que fuerte las aleja sin piedad, a la caída del sol, tras la caída de la lluvia, cae también toda esperanza e ilusión, para irse con viento fresco, tal y como llegó.

En el juego del claroscuro, aunque nunca vuelvan a encontrarse aun han de saber que lo que tuvieron no se lo quita nadie, y por supuesto, que a partir de ahora, será para ellos más cierto que para nadie que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

Oph**

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Para que las palabras cobren vida III

Nacimos para estar juntos.



“Nacimos para estar juntos”, dijo él con voz melosa y tono de broma, sin comprender que aunque aquello no fuera una aseveración ni exacta ni “absolutamente” cierta le daría sentido al resto de todas las cosas, y por ello hizo, en un instante, que todo cobrara sentido; y que el café, nunca suficientemente fuerte, lo fuera un poco más, y que el chocolate del donut, nunca suficientemente dulce, al contacto con sus labios fuera lo más dulce que ellos jamás habían probado. 
Y es que aun no sé para qué nació él, y tal vez nunca llegue a saberlo, porque quizás no sea necesario; pero he comprendido de un plumazo el sentido de mi propia existencia; y es que no existo más que para que él exista, bajo el axioma por el que para la contingencia de cualquier existencia es necesaria la existencia del “yo”, sé por ello que existo como simple motivo de su existencia, porque habría sido demasiado cruel, por parte de ese Dios contingente a la necesidad de mi misma privar a la humanidad (contingente de mi mente) de su presencia.
Y como un crío que un día descubre la permanencia de los objetos, y que las cosas siguen existiendo aun sin su presencia yo hoy descubro la contingencia de todas las cosas a mi representación mental de las mismas; en la medida que también él niega la existencia del infinito por no encontrar representación mental en su mente para ello; por el mismo motivo que no existe la nada más allá de la de Carmen Laforet, hoy entiendo de manera “absoluta” el motivo de mi existencia, y supeditarla a una representación tal vez me haga inmortal, tal vez etérea, pero al menos ya sé la finalidad, que no es sino la de permitir la suya, y por supuesto quererlo.
“Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.” L.C

Oph**

lunes, 5 de septiembre de 2011

Penélope.


Se arremolina la salitre en sus cabellos y a través de sus traslúcidos párpados siente ya precipitarse el sol, presagio de lo que vendrá, de la marea y la llegada de su amada luna, azul como su corazón triste y frío, que tantas noches ha esperado con ella la llegada, obstinada, dándole el único cobijo que ha tenido desde su partida reflejándola sobre el mar por si acaso era en la oscuridad la llegada, encontrara este su faro.

Brilla el cuerpo de Penélope, recortándose sobre el horizonte, atardece en el mar y no parece verse sino su suave cuerpo descansando sobre la arena áspera y mojada; los rayos postreros del atardecer, que ya todo lo ciegan, rosas y naranjas, resaltan su bella figura dorada que está rota de la brisa y dura de la sal de las olas, abúlica y perdida en un lugar incierto entre la costa y el océano, entre seguir adelante y abandonar.

Bailaba sobre el agua, arrastrada por la corriente, fría y entumecida, a pesar del sol pálida y sedienta de beber agua de mar, tal vez incluso muerta sin saber cómo ni de qué, ahogada, pero sin sal en los pulmones, por sus propias lágrimas maldita y a la muerte conducida, como quien por querer algo demasiado no hace más que perderlo, había perdido por su amor a la vida, la misma.

Pero es que vida no podía haber sin la de él, y si al mismo se lo había tragado el mar, a sus fauces acudiría ella presta, temerosa de que la debilidad fatal no le permitirá completar su camino y fueran las lágrimas quienes la ahogaran, yendo cada uno a yacer a frías aguas inhóspitas e indisolubles la una en la otra, quedando entonces tan separados en la muerte, como en la vida.

Queda hoy solo una estatua de sal blanca de la que fue la joven Penélope, que el mar no puede disolver ni llevarla con su amado esposo; y no es sino, el murmullo del mar hoy, los sollozos de Penélope; y no es sino, cada ola que rompe y la maltrata la furia de la ausencia, de aquel que al volver no encontró nada, y no se sintió abandonado, pero sí solo y como el desdichado que siempre fue en la mar se dio muerte.

Y no es esta historia épica, si quiera es un cantar, no es esta historia por nadie hoy recordada o admirada, es una historia que sin pena ni gloria muere, la historia de tantos que marchar tienen, y que a la vuelta encuentran muerto lo que dejaron aunque ahí permanezca su esposa, es esta la historia de todos los que al partir ven morir un trozo de su ser, es esta la historia de todo aquel que a alguna guerra ha partido, y al volver encontró un corazón tan frío y roto como lo está el suyo propio por el horror, que aunque lo espera nada puede ya salvarlo. Es esta la historia de todos aquellos que no volvieron y la de los que aun siguen esperando temerosos de morir en sus lágrimas en vez de en el mar.


Oph**