lunes, 30 de agosto de 2010

XI. Delirae.



Ese frío que dejó atrás en los 40, vuelve para mutilar su cuerpo desnudo de recuerdos y de anhelos que nunca más serán soñados, de allí volver a una de esas épocas de apasionamiento en una de esas en las que hubiera merecido la pena vivir, o hubiera sido al menos soportable, de haber podido escoger, de no haber estado abocado, condenado a este momento muerto y vacío. Y así 40 nebulosas, de los 10 años que nunca llegó a vivir más que en los recuerdos de aquello que nunca existió se arremolinan en su cabeza de estéticas muertas y estáticas giran violentas, de aquellas, las deseadas, de pasión, de sutileza y de detalles, asesinos del romanticismo, de la bohemia.


Deseando volver a ese olvidado lugar de la República Checa, esa apasionada estancia de gitanos y de soñadores de ilusos y de ingenuos poetas que creían, vencerían, recuperados por el señor Murger, deseando morir, como cualquiera de los malditos poetas malditos de Paul Verlaine, antes de que sea demasiado tarde, de que lo fuera para dejar de ser así considerado, deseando morir a tiempo, inquilinos de la leyenda, para ser al menos otra más de esas desconocidas más que por él mismo, más que por el mismo olvido y las mismas miserias, ser otro suspiro exhalado por los labios de una mujer, como lo fue en los de Carmen, como lo fue en los de Marie, ¿es que existe acaso algo más?, ¿algo más bello al menos?, y es que hay tanta belleza escondida en un suspiro de mujer, en un sentirse querido, escuchado, y por encima de todo en un sentirse valorado, como nunca se había sentido, y es que un suspiro de una mujer sucia no es más que un olor a podredumbre, que te persigue espantando a todas las demás, y te envuelve en su olor nauseabundo, pero sabía que Marie había curado esa maldición, devolviéndole toda la dignidad que tal vez algún día tuvo, pero de la que nunca pudo hacer gala al nadie reconocerla jamás.



El día que tanto se hizo esperar, paciente a la noche y los misterios de su luna entra ahora raudo por la ventana cuando por fin pudo conciliar el sueño sin ofrecer breve tregua a un cuerpo vejado por las pesadillas de una mujer muerta y una noche de sexo demasiado corta, una noche sin amor, demasiado incierta.


Y una vez más la sábana está arremolinada a su alrededor como si le diera asco el contacto con su pecho, y huele mal y se le pega al cuerpo, flácido bajo las sábanas, y ve su barriga, su asquerosa barriga llena de pelos cayendo sobre la sábana fría extendiéndose estrellada contra ella por su propio peso, y la pesadez de la resaca en la cabeza, y el gusto a vómito en la boca, parece que definitivamente han pasado esos momentos de ligera inconsciencia en los que es dueño de sus pensamientos, para dejar paso abrupto a la más fría realidad, a la rutina y al tedio, a la miseria a la sobriedad de la mañana, al calor de la soledad.


Ya no queda el olor de Marie en la cama, se fue para no regresar, tal vez nunca, se fue con esa mirada de reproche de Yago y su color a enfermedad tañendo desde su fuero interno, sin preocuparse por su soledad, por su cordura, con el egoísmo propio de los que sufren se fue, con viento fresco, con frías lágrimas escondidas en las cálidas sonrisas que esa noche derramó para mí.


La miseria es un vicio, si ya lo decía Marmeladov, como otros tantos, tal vez sea lo que otros llamaron “el sentimiento trágico de la vida”, ese que me acompaña cada mañana en mi charla subconsciente hacia el bar, en ese paseo vagante, sin rumbo fijo, que siempre desemboca sin pensarlo en ese oscuro antro, del que sabe cada paso, cada pequeña baldosa, que separa su vida personal del pequeño escenario manchado de hollín aquel ante el cual y su público de cada día se ve obligado a representarse a sí mismo, en el que cada día se entrega a los extraños estragos de la sociedad, a sus pequeñas miradas y juicios, pero teniendo control sobre ellas, sin exponer las suyas propias, siempre un paso atrás, distanciado de la realidad, en un pequeño lugar de su mente, refugiado.


Esa mente cargada de sombras, de penumbras que se esconden entre lo que algunos tildan en llamar realidad, eso que aparece de entre las dudas, ahí donde estas se esconden, su subterfugio olvidado para mí, el subterfugio en el que todos abrigan su cordura sobrevalorándola en alto grado, subestimando las enseñanzas de las sombras, su sutileza y su inconmensurable belleza etérea que se desvanece entre los subterfugios.


Hay quien lo llama delirios, quien piensa que no es más que un “ surco desviado del camino recto” y no son más que ellos los locos, al creerse en la posición de la verdad absoluta, al creerse en el beneficio de la verdad, del saber, cuando no es más que una vana creencia en ese saber, y no es más que mi simple duda sobre la realidad, sobre todo lo que me rodea, lo que me da esa cordura de la que otros se vanaglorian en falso, cuando ese pequeño cuestionamiento mío sobre mi propia cordura, no hace más que poner en evidencia aquello que a ellos les falta y que sin embargo firmemente creen tener.



Y se pasa la mañana entre vasos de tubo y bandejas, entre miradas de desaprobación que caen lascivas en su pelo ralo y sucio y entre sus canciones infantiles mal tarareadas…


“Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, como veían que no se caía fueron a llamar a otro elefante…21 elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña, como veían que no se caían fueron a llamar a otro elefante”


Y tras llegar a 21 elefantes llega irremediablemente al primero de nuevo, que volvía a balancearse solitario, como abocado a estar solo tras una determinada suerte a la de estar solos, solo, como él siempre acababa pasara lo que pasara. Y cada pequeña criatura parecía querer jactarse de su miseria como antaño hacía la vieja rata y tal vez por ello, y por cierta empatía que tal vez tuviera a la salida del café olía a cerveza y a miserias, no solo a las propias, sino también a las ajenas.


La luz de las farolas desdibujaba en el suelo su sombra, una sombra que se distorsiona con cada nuevo movimiento, y daba traspiés a causa de la gran cantidad de alcohol tomada en la última hora, y así, la luz de las farolas perdía brillo y distorsionaba todo lo a ellas circundante, y las piernas le pesaban y toda su cabeza estaba cubierta por una neblina, en la que sin embargo sus pensamientos discurrían con aun más rapidez, más impulsivamente, más vertiginosos, y así es como su estómago se hacía eco del exceso de bebida, ese sentimiento de vértigo, ese revoltijo informe que le hacía sentir determinada debilidad, determinado desbordamiento sentimental, ya puede ser tristeza o alegría de un momento a otro, sin previo aviso, abruptamente, haciéndole estar al borde de las lágrimas a cada momento, pasando de un estallido de alegría a una melancolía extrema y ambas huelen a alcohol barato y mal bebido, entre lágrimas, de esas que si son conscientes.



Y así vaga camino a casa cuando el alcohol empieza a oprimirle la vejiga y tiene que detenerse a mitad de la calle a vaciarla contra una esquina, una mano sujeta la pared frontal y la otra se encarga de él mismo. A lo lejos algo ladra, un perro pequeño, tal vez. Las botas quedan salpicadas, se separa de la zona mojada y trata de agacharse para limpiarlas, pero cae, escupe sobre la primera de ellas y pasa la mano por ella con fruición, la mano le huele ahora a saliva, y la limpia contra la camisa sucia. A lo lejos alguien ladra, un perro pequeño tal vez. Saca la otra pierna de debajo de su culo para dejas expuesta la otra pierna, y repite la misma operación, escupe y luego frota fuertemente con la mano, vuelve a notar el molesto olor a saliva, y esta vez lo dispersa en el pantalón, está mareado y al ver la imposibilidad de levantarse se tumba en el suelo frío y cae en un sueño profundo. A lo lejos alguien ladra.



Duele, duele su brazo en la noche, se despierta sobresaltado, el perro la ha tomado con su brazo, que está ensangrentado, al igual que la boca del chucho, al menos ya no ladra. Furia, asco. El perro no trata de huir asustado, sino que saca sus colmillos tratando de defender a su víctima, de asegurarse comida ante el nuevo predador que se presenta, que paradójicamente es la misma víctima, que no estaba muerta.


Se revuelve, y busca a su alrededor un palo o algo con lo que matar al sucio bicho, al palpar en el suelo con las manos se obliga a seguirlas, y es así como descubre un arma que ya sabe capaz de matar, así dirige la mano fuerte al cuello del can, un can pequeño y gritón cubierto de lanas blancas que le recuerda al pelo de las viejas que se ríen de manera estridente, y es entonces cuando el perro deja de retorcerse asfixiado. Sin embargo el castigo no muestra aun equidad, el brazo le duele y por ello decide hacer lo propio.


Empieza a arrancar el pelo del perro con furia y las manos y muerde en el lomo con fiereza, la carne aún está caliente y el sabor a sangre inunda su boca ávida de resaca y aunque mucho no puede comer, bebe, bebe la vida que han intentado robarle, otra vez, como cada chupóptero trata de hacer con él, por ese inevitable complejo de superioridad del que todos hacen gala en su presencia al sentirle claramente en inferior por su condición de borracho, de excéntrico, de asesino, que no son sin embargo cualidades del buen hombre, de ese que ha perdido la fe en Dios, y por ello nada espera, y por ello para nada trabaja y no le quedan sueños, ya que a nadie le queda a quien agradar, los que en Dios pierden la fe tratan de agradar a sus seres queridos, esos de los que él ya no tenía, esos en los que él ya no creía, y cuando todos los pierden no queda a nadie a quien defraudar más que a uno mismo, que ya se siente como una mierda por su suerte, por lo tanto “Si Dios no existiera, todo estaría permitido” .



Aturdido por la cantidad de sangre perdida llama a la primera casa que encuentra a su paso y una señora con rulos sale a su marco dulcemente iluminado por tintineantes farolillos navideños, su cara se desdibuja entre las luces suaves y cae desmayado.


Una luz cegadora interrumpe el plácido sueño vacío de imágenes, ese sueño de la inconsciencia, en el que justamente es el inconsciente quien no juega su papel, y un zumbido de hospital le desvela del todo obligándole a abrir los ojos, vuelven a hurgar en su brazo, una vez más sin consentimiento, no lleva su ropa, huele bien y le han aseado, una mujer vestida de insultante verde lava su herida con cuidado con una solución alcohólica tratando de postergar la vida de alguien que no sabe si la merece, sin tener si quiera que plantearse si hace lo correcto, como quien salva una vida por costumbre y por lo tanto su positivismo le hace perder la razón, esa en la que solo somos carne, y cuando la carne está sana lo demás está bien, y ella ha hecho su trabajo, ese nunca nadie le pidió y por el que se siente una buena persona en su bendita ignorancia, esa rayana lo absurdo, esa que parece no contemplar ninguna ética, esa en la que el bendito oficio de ayudar a los demás se convierte en prostitución al vender sus servicios, al vender su bondad, a cambio de un mísero sueldo, y vende su esfuerzo sin que este llegue a ser si quiera aceptable.


Y si muriera, por fallo suyo o si lo hiciera por influencia externa no estaría en sus recuerdos más de escasos segundos, muriendo de verdad, sin que ella bañara sus ojos en lágrimas ni reflexionara a caso sobre el dolor o la inclemencia de la muerte, como quien se acostumbra a la vida, ella se acostumbró a la muerte sin ser si quiera consciente de ello, y sin parecer importarle lo más mínimo, salvando algo que ya no valora, porque perdió todo su significado.


-¿Sabe cómo se llama?- pregunta dócil apuntándole con una linternita a los ojos.


-Claro que lo sé.- Brusco


-Bien dígame su nombre


-Me llamo Román, señor de Castro, para gente como usted.


-Está bien, señor de Castro, ¿recuerda lo que le ha pasado?- Pregunta, pero no la enfermera esta vez, sino Carmen, su olor, tan solo su voz al principio, su cuerpo y su cara finalmente, acusadores.


-¿Cómo te atreves a desafiarme?- Espeta.- Creí que te habías ido para siempre.


-Señor tranquilí...- Su respuesta se corta en una bofetada propinada por Román, y ella se aparta asustada, ofendida, como el amo mordido por a quien da de comer.


Román se levanta con brío, como un perro y la aparta de su camino hacia la puerta cogiendo las ropas puestas con cuidado en una silla, huye al exterior rápidamente.


Ella llora sin comprender y posa la mano en su mejilla inconscientemente.


Román se arranca la parte de arriba del pijama al pisar la calle y vuelve a ponerse su camisa, que apesta a alcohol, y en cierto modo esto le reconforta, y le ayuda a olvida el olor de su casa cuando su mujer estaba aun allí, el olor de antes de marcharse dejándole igual que había hecho Sofía.


Y volvió a vagar desorientado por esas calles desconocidas que tan bien le conocían a él siguiendo instintivamente el ladrido de unos perros a lo lejos. Tardó unos 15 minutos en llegar a la perrera municipal y se detuvo frente a las jaulas al aire libre en los suburbios, sacó la navaja del bolsillo, que ahora más lúcido recordó que tenía y se cortó un trozo de la carne de barriga para tirárselo a los perros, estos hambrientos y posiblemente mal alimentados lo comieron con avidez. Gritó de dolor al hacerlo, los perros gruñeron y ladraron al olor de la sangre.


Llamó a un perro grande a acercarse a la verja, le acarició la cabeza y el perro lamió la herida de su brazo, tal vez con intención sanadora, Román hundió la navaja en su cuerpo fibroso y la movió a ambos lados hasta que dejó de retorcerse, chupó la sangre de la navaja para limpiarla, para comer algo tal vez, y huyó temeroso de que alguien le encontrara.



Malditos perros, escoria de la sociedad, otros chupópteros, estos sin siquiera ocultarlo, era difícil ver perros tirados en la calle, como el que le atacó anoche, sin embargo los mendigos dormían al raso, su vecina bajaba comida a los gatos callejeros y al aparecer un mendigo en el tren todos agachaban la cabeza avergonzados e incapaces de dar limosna, y es que la limosna es una de las peores ofensas que se puede hacer a un hombre honrado, y tal vez en un pequeño instinto de filantropía era la omisión la mejor manera de prestar ayuda, para que aprendiesen que el mundo hay que comérselo, hay que ser el más fuerte, para que no te quiten tu pequeño pedazo de paz, ese que te corresponde por el hecho de estar vivo, y hoy parecía ser él, el único apartado de toda moral, el único que podía, sin embargo, poner orden en el mundo, por ello su pequeño acto filantrópico de hoy había sido matar dos inmundas bocas que ya nunca más debieran ser alimentadas, tal vez su obra pudiera ser continuada, llevada más allá, para la redención de un alma que no existía, por un Dios que nunca le quiso, y fue entonces cuando sintió todo el peso del ridículo caer sobre él, ¿para qué recobrar ese orden? Para que un Dios que nunca le quiso se jactara del el efecto que sobre él tenía su inexistencia, su divina moral, ahora estaba sucio, igual que todos aquellos que alguna vez habían creído serían capaces de arreglar el mundo, de poner orden en las cosas, porque aparte de ser mentira, no está bien, al fin y al cabo ¿por qué iba a estarlo? ¿Por esa extraña obsesión de hacer felices a los demás?, ¡Oh Dios mío! El hedonismo pasó de moda hace muchos años, todo el mundo sabe que el sentido de la vida no es hacer feliz a los demás, ni siquiera a ti mismo, eso no es más que el placebo del que nos alimentamos para seguir levantándonos cada mañana, esa bonita mentira consoladora que nos hace confundir las pequeñas euforias con la felicidad, y esta es absolutamente prescindible, absolutamente secundaria e innecesaria, tal vez el sentido de la vida era simplemente darse cuenta de esto, sin embargo no lo creía, ya que no se sentía dispuesto a morir. Tal vez el simple sentido era errar siempre, en las preguntas, y en las respuestas sobre todo, para poder seguir preguntándoselo, para seguir buscando esas verdades que nunca llegaban, para vivir, y es que esa es nuestra gran miseria “que hay que vivir”… Tal vez ese no fuera el sentido, tal vez no existiera tal cosa y fuera solamente otra de esas verdades que todos aceptamos para seguir, para nada, porque “hay que vivir”. Ya lo decían los sabios.


¿Hay que hacerlo?, aunque aun no entiendo para qué, tal vez por ello viva, para poder descubrirlo.



Y en no entender es donde se encontraba su mayor cordura, esa por la cual superaba a todos los demás, esa que le hacía más humano que a ninguno de los otros, más real al menos, más sincero consigo mismo tal vez.



A lo lejos alguien ladra, aquí cerca: alguien ríe…


“Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña…”


Y eran las lágrimas esta vez las que se balanceaban arañando su cara.



Oph**

domingo, 15 de agosto de 2010

IX. Cuando el frío es sofocante.





Las colillas se amontonan en el cenicero que un día fue transparente y hoy ostenta a ser traslúcido, su mano derecha, impaciente tamborilea el mantel amarillento y desgastado, las uñas brillantes, color rojo pasión, debían haber sido arregladas ya hace tiempo. En su mano izquierda y entre sus labios de manera intermitente otra colilla más, infecta y manchada de carmín, de ese que tiempo atrás la hacía sentir bella, ese carmín rojo que tantas camisas ha manchado de pasión, y es que siempre había abusado del maquillaje, sobre sus ojos las sombras se entremezclan negras y azules, bajo ellos el color va más allá del morado.


Siempre el maquillaje y la ropa prieta habían conseguido que se sintiera segura, ahora no era más que una costumbre de su antigua vida, había descuidado su aspecto hasta el punto de no retorno y el maquillaje ya no cubría sus ojeras, el pelo lacio le caía a ambos lados de la cara y las arrugas surcaban con violencia el joven rostro de Marie. Los ojos bajos estaban concentrados en la taza de café frío que ya no tomaría, sabía que él no aparecería tras hora y media de retraso, una vez más Yago tenía algo mejor que hacer.


Estaba cansada de intentar rehacer su vida, se sentía desgastada y dada de sí de tantas idas y venidas y de que tantas sonrisas le salieran rotas, el camarero se acercó con delicadeza hasta su mesa, si no quiere usted nada señorita… qué iba a querer, ella elevó sus pestañas para contestar y él se perdió en sus ojos arrasados de lágrimas, en sus pestañas tiernas, por un momento no supo qué hacer y decidió seguir con su rutina.


Empezó a hacer pedacitos su servilleta de papel empapada de lágrimas, la que había arrugado con rabia intentando infringirle algún dolor, tenía miedo de que su llanto se desatara en mitad de la cafetería y sus hombros empezaran a convulsionar, podría haber pagado y haberse ido si hubiera tenido el dinero suficiente, no le quedaba otra que esperar.



Cercana la hora de cerrar, el camarero dijo que acabaría el trabajo, acercó una silla y la cogió de la mano, ella estaba demasiado avergonzada para devolver la mirada, así que fue él el que fue a buscarla entre el maquillaje corrido, era increíble, tras tanto tiempo sin haberla visto, al principio había dudado si era ella, pero tras observarla toda la tarde le pareció obvio, cuando ella levantó la vista no pudo más que reprimir un sollozo y abrazarle, el también lloró como era de esperar, parece ser que no había sido tiempo suficiente para nadie, quizás sea que el tiempo no cura las heridas o que no supieron acostumbrarse al dolor, pero por un momento, ambos supieron que era lo que necesitaban: no más relativismos ni mirar hacia otro lado, él se había ido y el tiempo no iba a cambiarlo, nadie parecía entenderlo, menos ellos.


Quizás fuera porque eran almas solitarias que no supieron superar el duro golpe, o quizás es que no quisieran superarlo, porque el dolor lo hace real, y el dolor es también una manera de sentirse humanos, cuando estamos desmembrados, es una manera de afrontar la vida, quizás incluso la más fácil y la que menos esfuerzo nos requiere, la que mejor nos hace sentirnos con nosotros mismos y la única que nos permite mirarnos al espejo sin avergonzarnos y sin sentirnos culpables, porque no existe nada peor que, que te duela más sonreír que llorar, así mujer y hermano encontraron que no eran los únicos miserables y pudieron más que sentirse humanos, sentirse comprendidos.



-¿Cómo estás?, ¿Cómo está Carmen?


-Carmen no está, me dejó cuando se fue Sofía, un poco después tal vez, no recuerdo.


- El otro día me llamó, quería saber de vosotros, le dije que la llamaría cuando supiera, no quiere llamaros, pero está preocupada.


-¿Carmen?


-No, Sofía.


-¿Está bien?


- Sí, sí lo está, sabe arreglárselas sola.


- ¿Y tú?


- Sobrevivo, estoy viviendo en casa de Yago, era a él a quien esperaba, pero debe haber tenido algún problema en el trabajo.


-Hoy puedes quedarte en casa, es una casa muy grande para mí, y le podemos llamar desde allí, para que esté tranquilo, es tarde, y no tienes buen aspecto, necesitas descansar.


- No me encuentro muy bien, la verdad, estoy un poco mareada, estoy enferma.


Román asintió creyendo comprender, pero Marie sabía que no lo había hecho, mucho mejor, mucho más fácil.



Aunque en una situación normal nunca se hubiera adentrado sola en casa de Román sabiendo de sus problemas, aquello no era una situación normal, nada lo era últimamente, necesitaba acostarse, tenía náuseas, y por un momento se sintió hermanada con él, como una muñeca rota, unidos por el dolor, por la pérdida, y sobre todo por la miseria y la culpa, esa de no haber hecho nada, y sin haberlo hecho haber estropeado la vida de los circundantes, se dejó guiar.


Fuera el frio era sofocante, la ahogaba y hacía tiritar, sin embargo le hizo sentir mejor e hizo que pararan las nauseas, necesitó agarrarse a su brazo para no caer en el trayecto a la casa.



Él la deja caer en la cama con suavidad con un movimiento que pretende ser estar o parecer fraternal y se tumba a su lado cuan largo es su cuerpo, desde esa posición ella no puede evitar ver su miembro, erecto, su vergüenza y sus mejillas encendidas, su sonrisa. Sin entender porqué desliza sus manos hasta el pañuelo de seda que cubre su cuello, y lo desata con sensualidad, desabrocha un botón de su blusa, insinuante y se siente deseada, y eso le hace dejar de sentirse una mierda, una miserable y por un momento se siente válida, joven, viva y de entre su pecho escapa una fragancia a lilas, que sale al encuentro de Román. Y él se levanta y se quita la camiseta deprisa, y la mira con deseo, y la ternura se evapora entre el calor de sus cuerpos, y con los ojos anegados en lágrimas, respira como una bestia enjaulada, Marie sabe que es peligroso, que el dolor le ha hecho perder la cabeza, pero desabrocha el sostén, con pausa, regodeándose en cada pequeño momento, y desabrocha la falda, y desenrolla las medias tendiéndose en la cama suave, jugueteando con su pelo, arqueando su cuerpo al tumbarse.



Cada molécula de luz gravita frente a la ventana y cae lasciva sobre su cuerpo desnudo y laxo entre las sábanas frías, riéndose del camino escogido, jactándose de su suerte, tiembla aterrorizada ante lo que sabe sucederá, sabe que no es lo correcto, pero está cansada de que nada nunca lo sea.


Sus cuerpos están separados en el infinito, por un espacio inconmensurable, y es ese espacio vacío lo único que parece existir como si de la salvación y bondad se tratara, como si fuera un espacio imposible de salvar que impidiese su perdición, en esa separación entre sus cuerpos el silencio tiembla avergonzado de allí encontrarse entre los desnudos, entre dos suspiros confundidos.


Él la mira sin saber bien qué decir, ni cómo pedirle perdón por lo que sabe sucederá, pero que es inevitable, y le lanza una mirada lacónica y se muere en sus ojos, y la mirada vuelve atravesando ese espacio que les separa, veloz y sin esfuerzo aparente, violando esa salvaguarda incorpórea, inexistente, que parece ser lo único que existe, lo invisible, es lo único que perdura de entre ellos, es lo único que ahí está, él ya no está, ella ya se fue, ambos se abandonaron y aquel espacio, que de esa huida quedó fue muriendo al calor de sus cuerpos, hasta extinguirse en una llama azul que crepita dentro de ella, ahora nada hay, ahora nada queda, murieron los vacíos, y los silencios.


***


Y Sofía, olvidada capítulos atrás se desespera en su hastío, en su desinformación, en su culpa, como poetisa sin versos, sin musa, sin amor sin siquiera la visita de la apatía, de la abulia.


Y sin amor, casi con odio mira el teléfono esperando a que suene a cada segundo, y no lo hace una vez más, y una vez más es Eloísa quien le impide llamar.


-Sophie, ¿estás bien?


-Claro pequeña. Dime, ¿Necesitas algo?


-Pues si tienes un segundo… me gustaría que leyeras algo, lo escribí para el colegio, quiero presentarlo para un concurso, y bueno, desde lo del bebé mamá no levanta cabeza, no parece haber aceptado ya su pérdida, y me da cosa pedírselo a ella.


- ¿Tú cómo lo llevas?


-No sé, creo que aun no me había hecho a la idea de tener un nuevo hermano, así que en cierto modo es como si no hubiera perdido nada, pero mamá… estoy preocupada por ella, cree que es culpa suya.


“Incoherentes, gracias al cielo que lo somos, gracias al cielo que podemos escuchar ese llanto, ese pum pum, y henchirnos de alegría y llorar sin saber por qué, y amar sin necesidad de pensarlo, sin racionalizarlos al menos por una vez, por parecernos natural, sin necesidad ni de cuestionarnos el por qué, para poder sentirnos de ello capaces, capaces de amar, y de sentir sin necesidad de nada a cambio porque nada nos dieron, simplemente de amar ese llanto, esa esperanza, y esa incertidumbre del que todo lo tiene por delante.”


-¿Y cómo está el señor?


- Padre nunca se muestra tal como es, pudiera estar fatal o no importarle en absoluto, mamá tampoco podrá responderte a esa pregunta, al menos sé que no se preocupa demasiado, lleva dos noches sin venir a dormir, a veces me pregunto quién es realmente, y por qué no le conozco.


-Eloísa… ahora creo que tienes que cuidar de la señora, y de Enrique, que aunque no entiende lo que ha pasado, ve a tu madre triste, y se apena, me sorprende que un niño tan pequeño pueda demostrar tanta sensibilidad hacia penas que no puede comprender, y a veces temo por él.


- Es un niño especial, lo sé, tal vez sea a causa de haberse criado sin padre, más que la sombra de uno, yo tuve más suerte, creo que antes no era así, tal vez solamente recuerde lo que quiero…-


Eloísa gira la cara para que Sofía no vea caer una fina lágrima por su mejilla y cuando vuelve a encararla muestra una ligera desaprobación.


-Lo pienso, y tú lo sabes todo de mi, todas mis pequeñas miserias y yo mientras, nunca supe nada de ti, no es justo ¿sabes?, por eso yo no puedo tratarte como lo hace él, porque yo sí que me doy cuenta. Me gustaría que cambiara, sé cómo eres, o espero saberlo, y de ser así espero no equivocarme, sé cómo nos tratas y el amor que nos das a cambio de una paga seguramente insuficiente, sé que mamá no te trata como debería, que papá no te trata y que no estarías aquí si tuvieras otra oportunidad, pero también sé que no te quedarías si Enrique no estuviera aquí, si no fuera por cosas como estas.


Te veo cada tarde mirar al teléfono ansiosa, te veo siempre alicaída y con esa sonrisa rota tan tuya que solo Enrique te quita a veces y tal vez es que soy yo la única que no está demasiado ocupada como para darme cuenta de que no estás bien, y sé que no tengo derecho a pedirte ninguna explicación sobre nada, pero tengo todo el derecho del mundo a ofrecerte mi ayuda siempre que estés lista para hablar con alguien, como amigas.


Sofía asintió con los ojos anegados en lágrimas y Eloísa de dio cuenta de que estaba en lo cierto, en todas y cada una de las pequeñas cosas que había dicho, Sofía derramó un par de lágrimas sobre su hombro.


-Gracias y lo siento por todo, creo que ya me entiendes, nunca pretendí ser hipócrita, solo pretendí tomar el camino fácil pero me alegro de que exista cierta humanidad en el mundo, de que para ti ese camino no sea suficiente, de que quieras más, de que seas una persona de esas de las que bien pocas quedan. Cuando llegué aquí, había dejado de creer por completo en la humanidad, personas como tú y tu hermanos sois los que me hacéis encontrar un sentido, y sí, es por eso por lo que me quedo, el domingo tengo un rato libre, siempre lo paso en la misma cafetería, es una bonita cafetería cerca de aquí, bastante bohemia donde tocan jazz, tal vez te gustaría venir y escuchar mi historia.


Eloísa asintió y le tendió la mano con los papeles que rezaban “tale”.


-Lo leeré encantada.


-Iré encantada.



Bendita inocencia esa la de Eloísa, esa de Enrique esa que ella esperaba no haber perdido del todo.


Creo que ha quedado claro que el mundo no nos gusta... se exploto nuestra pompa de jabón y los colores ya no reflejan su distorsión en su esfera azulada


La pompa se ha pinchado y no mirar a su través nos devuelve un mundo gris y desdichado que nos había engañado haciéndonos creer que todo era perfecto, que la gente era humana, y ahora los de antes ya no somos los mismos


Sentirnos decepcionadas del mundo de qué puede servirnos, las entidades nunca se sienten culpables y últimamente las personas tampoco lo hacen, pero allá cada uno con su conciencia.


Sin embargo estoy convencida de la ley de la conservación de la materia, la felicidad no puede evaporarse y los colores no se tiñen, solo se cubren parcialmente de gris para engañarnos nuevamente


No creo que exista acceso a la realidad, solo tenemos acceso a nuestros sueños y sabiendo que nuestro índice de certezas es siempre menor del que sería tolerable hoy yo estoy dispuesta a crear una nueva pompa, ya que el mundo no es perfecto transcribamos en el nuestros sueños


Necesitamos poetas que nos digan qué soñar, yo sigo esperando los míos, y hoy por primera vez en mucho tiempo, por encontrarte, me siento con fuerzas para volver a soñar, de volver a mirar hacia delante, y una vez más con un miedo irracional a mirar hacia atrás…





sábado, 24 de julio de 2010

VIII. Del libre albedrío.





Del diario de Carmen:


Demasiado cansada para escribir, demasiado tarde para pensar, demasiado joven para llorar demasiado vieja para reír, para llorar, para lamentarme. Encerrada en la encrucijada de una cuenta atrás, perdida entre dos edades, no sé quién soy, ni me importa, se quién eres tú y por hoy eso tal vez es suficiente, o al menos lo que hay, lo que puedo decir.


Ella miró al horizonte desorientada dilucidando dónde ir, hoy me pesa más el corazón que la mochila, el silencio, mordido por el crujido de las hojas le restalla en los oídos, no quiere mirar atrás no quiso olvidar, anoche no pudo dormir. Ella buscó en sus recuerdos desconsolada un motivo por el que seguir, hoy es más duro mirar hacia delante que hacia atrás, allí todo está dicho, aunque fuere en abril, anoche, ella no pudo dormir. Titubeó, una y mil veces sobre qué camino reescribir, hoy no se extraña del presente, el futuro es incierto, el pasado tortuoso, no tomó decisiones, ellas la tomaron sin permiso, anoche no pudo dormir.


A quien culpar o qué esperar, cuando no sabes qué pensar del pasado o que esperar del futuro, cuando pensar que todo es un gran error duele demasiado, cuando ves que eres vieja y que nada tuvo sentido, que estás sola y olvidada, que ya nadie llorará por ti, que en realidad nunca nadie lo habría hecho, y que de no ser así esos pocos seres ya se cansaron de hacerlo, camino con las mejillas hundidas en la bufanda y el corazón perdido en un sinrazón, el viento sopla en mi contra, en mi viaje con destino a ninguna parte, intento tan solo escapar del punto de no retorno y avanzar.


No sé quién soy, ni me importa, creo saber quién eres tú, y eso por hoy es suficiente.


Dime que miras desde el otro lado del camino, dime que a veces miras atrás, dime que a veces no entiendes el mundo, dime que a veces quisieras quererme, dime que a veces quisieras olvidarme y aun así no puedes evitar recordar el pasado, aquel lejano y precioso pasado, y dime sobre todo dime que a veces me odias y que otras tan solo quisieras poder odiarme, poder olvidarme.



-¿Me quisiste algún día?


-¿Qué es querer? Tú me dabas sexo y me dejabas llamarte puta barata en la cama, eso es quererte, a mi modo, no querías mi respeto, no lo merecías, solo querías mi aprecio.


-No quería tu respeto, lo necesitaba, lo necesitaba, porque nunca había tenido el de nadie, y tú te aprovechaste de la falta que me hacías, de lo mucho que te quería y de lo mucho que te quiero después de todo, del daño que me haces, y de lo mucho que te dejo.


-Carmen, sabes que te quiero, que te he querido cada día, y tú nunca has sabido apreciar ese amor que yo te brindo, solo has querido más y más, has chupado de mi, sin dar nada…solo pidiendo, es más importante querer que, que te quieran.


-Exacto, pero estoy harta de quererte, de solo querer yo, de tus cambios de humor, ahora Sofía se ha ido, y sin ella no puedo con esto, ella me recuerda lo que fui, me recuerda que lo tuve todo, que podría seguir teniendo, su ausencia solo me recuerda lo que ya nunca volveré a ser, lo que tal vez no haya sido nunca, me recuerda que debo odiarte, y no puedo hacerlo, y duele y lo peor de todo es que me recuerda el por qué, me recuerda que también tu puedes quitármelo todo, que ya lo has hecho y que no te importa, que no pareces ser consciente de ello, que en realidad nunca te he importado, y ella tampoco…


-No tienes vergüenza- le escupió en la cara- Sofía se ha ido por tu culpa, por tu pusilanimidad, por tus exigencias, por tu narcisismo, por no serte nunca suficiente, por decírselo a ella, por no esconderle tu tristeza ¿quién querría vivir esta miseria, esta podredumbre? Esa que destilas por cada poro, que infecta esta casa, que infecta tu aura. ¿Quién soporta ese olor nauseabundo que desprendes? Solo lo hago yo y lo hago porque te quiero, ella lo hizo por daño mientras no tenía otro remedio.


Tal vez a ti no te quiera, pero a ella nunca le puse la mano encima, ¡Era sangre de mi sangre! ¿O es que te extraña que la quiera porque no lo era? ¿Me engañas?- Grita ahogado por el llanto.


-¡¡No!! Román, nunca te he engañado y lo sabes, nunca he estado con otro hombre, ni antes ni después, y créeme que me arrepiento, ¡tanto amor tirado a tus pies, y no eres capaz de agacharte a recogerlo!


-¡Puta! ¿Cómo te atreves? ¿Quieres estar con otro hombre? Pues hazlo, acuéstate con todos, pero tráeme el dinero a casa, ¿crees que me importa? No me importa nada, porque eres una mierda, y puedes hacer lo que te plazca, es más nunca me ha importado, pero no sé quién iba a quererte vieja y arrugada como estás, miserable…



(…)



-Debo salir, salir, de esta casa infestada de cadáveres…-murmura nervioso.



Él se retorcía las manos de manera descontrolada, era algo que llevaba haciendo compulsivamente durante muchos años, quizás era porque aún le impresionaba demasiado ver como la piel se arrugaba por los estragos de la edad en el nervioso movimiento y las uñas aparecían descoloridas y quebradizas, se movía de un lado a otro de la habitación mirando alternativamente en todas direcciones como un animal enjaulado que espera un ataque, no podía pensar con claridad, no podía si quiera llorar, no tenía derecho a lamentarse por su dolor porque él era el único culpable y merecía sufrir sin siquiera tener el consuelo del llanto, si es que esto era un consuelo y no un castigo, tenía miedo a cerrar los ojos desearía poder soñar, desearía poder tener al menos una pesadilla, pero se sentía vacío, sentía como si estuviera muerto, como si se le hubiera llevado, no veía más que oscuridad y miseria, era un monstruo, quizás los animales menores no sueñen, como las ratas, quizás por eso no soñaba, estaba claro: era una rata, era una rata enjaulada o era incluso peor que una rata que acostumbra a comerse a sus crías porque lo hace como parte de su condición, pero él, él no, él debía haber sido una buena persona unos años más, ni siquiera muchos más debido a la edad que tenía, a lo mejor habrían bastado unos meses más, pero ¿y si no había sido nunca bueno?¿y si ese había sido desde siempre su fin último? A lo mejor había sido una rata toda su vida pero nunca había sido capaz de admitírselo, a lo mejor no era tan malo. Sí, eso era, no podía ser tan malo, él nunca podría haber hecho algo así, así que no era malo, o no había sido él el verdadero hostigador, tal vez fuera tan solo eso, el simple hostigador, marioneta de su maldad, estaba claro tenía que haberlo imaginado, o de no ser así tenía que ser sin ninguna duda porque el acto no era malo en sí mismo, quizás en su caso no lo era, porque no era premeditado o a lo mejor estaba justificado en casos como el suyo al no ser más que el ejecutor, de cualquier modo si para la sociedad no lo estuviera ¿qué importaba?¿quién decidía lo que estaba bien y lo que estaba mal? Y ¿quién decide lo que importa?



“Todas las personas están divididas en cierto modo en ordinarias y extraordinarias. Las ordinarias deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a trasgredir la ley, porque ya ven ustedes, son ordinarias. Pero las extraordinarias si tienen el derecho de cometer todo género de delitos y trasgresiones de la ley, sólo por el hecho de ser extraordinarias.”



¿Y si no era más que un acto connatural al hombre? Otro como crecer o respirar, o a lo mejor no tanto, quizás era como hacer el amor, si eso era, estaba claro era como hacer el amor, hay hombres que nunca llegan a hacerlo pero quizás no son hombres completos, no han madurado, no han dado ese último paso que les hace íntegros, les falta esa experiencia de la vida, él era ya viejo y cómo habría hecho cualquiera había aprovechado su última oportunidad, pero ahora que sabía qué tipo de acto era se preguntaba ¿estaba preparado? Quizás lo hizo tan rápido y no lo disfrutó lo suficiente o a lo mejor ella no era la adecuada.


Evocó con lágrimas en los ojos lo que sintió al yacer por primera vez con una mujer, no era exactamente lo mismo, pero el corazón se le aceleró de igual forma, en el momento justo no sintió dolor ni arrepentimiento, sólo adrenalina, sólo la sensación de ser Dios por un instante, de no controlar su cuerpo, sus actos, eso le salvaba de ser una rata, ahora podía sentirse mal y quizás podría llorar y estirarse de los cabellos plateados pasado un tiempo, si seguía sintiendo esa necesidad, no era una rata, porque le dolía, era un hombre bueno que había acabado su fin último en la vida.



“-Bueno, ¿Y los que son verdaderamente geniales?, Esos que tienen el derecho de matar. ¿Esos no deben de sufrir en absoluto, ni siquiera por la sangre derramada?-¿A qué viene la palabra deben? Aquí no hay ni derecho ni prohibición. Que sufra si le da lástima de la victima…El sufrimiento y el dolor son siempre obligatorios para una mente amplia y un corazón profundo.”



Ella le había querido de manera insuficiente a lo largo de todo ese tiempo, cierto es que le había cuidado durante su larga enfermedad y le había preparado sopas aguadas, pero también había sido cascarrabias con sus retoños, ella no tenía derecho a gritarle, para ella no era más que un recipiente que la acogió un tiempo , ella tampoco tenía derecho a enfurruñarse conmigo sin ninguna razón, ni con razón siquiera, debería haberme agradecido todo lo que hice por ella, todo el tiempo que le regalé a cambio de su triste amor, ella nunca me valoró como me merecía y yo la vi llorar atemorizada cuando vio mis ojos, pero yo no sentí más que pasión, era un buen hombre y ella lo merecía, nunca nadie lo sabría, aunque quizá acabara él mismo contándolo, qué importaba si al fin y al cabo no era malo, ella era una rata, y él la había matado.



Solo habían sido un par de golpes, como tantos otros, como tantos días, y ahí encontró la paradoja de la vida humana, la sutileza de su existencia, de su pérdida, su fragilidad, lo poco que valía. Ahora ella solo era un cuerpo flácido igual de feo que minutos antes, igual de triste que minutos después, no había nada de mágico, nada especial ni místico en lo que había ocurrido, solo había dejado de moverse, al igual que podía haberlo seguido haciendo, a nadie le importaba, simplemente el corazón había dejado de latir, ¿era acaso algo más? Ella no. Ella no era más que lo que él en ella proyectaba, que lo que él la dejaba ser, esto era solo un paso más, le había dejado ser un poco menos, si es que alguna vez le dejó ser algo, si es que alguna vez ella fue algo, ¿existió ella antes de conocerle? No veía la manera, era demasiado débil, demasiado sumisa, demasiado poco inteligente, si no hubiera sido él lo habría hecho otro, era como debía ser. Es como si hubiese nacido ya muerta, al estar condenada a esta, es como si en realidad nunca hubiera vivido. Ella había sido tan estúpida de reducir su corta vida a él, que nunca la quiso, a su hija, que fue siempre más suya que de ella, y ahora al haber perdido a ambos, al darse cuenta de que nunca los tuvo, había muerto, era natural, ya no podía ser reflejo de nadie, ya no podía existir, no era nadie más para nadie, era su más dura instigadora, su muerte era NATURAL, no era un asesinato. Tal vez al principio lo pareciera, pero ahora no se sentía culpable de nada, y como nada había hecho, nada debía hacer, la arrastró a unos cubos de basura y la dejó allí, como nada era, nadie la vio en días y días.



Ella me quería, o eso aun intento creer cada vez que miro esos ojos vacíos que ya nada quieren contestarme, sin motivo alguno, de un tiempo a esta parte parece que me ha desaparecido de su vida, en un infructuoso intento por borrarme del tiempo, y es que sin ella yo casi ya ni existo, sin que ella me piense no soy más que un recuerdo borrado a escobazos, apartado de su mente sin si quiera querer herirme, ya que para eso es necesaria cierta intencionalidad, y eso es lo que aun más duele; que ni siquiera se viera en el entredicho de tomar esa decisión, de poder sentirse mal con ella misma por haber tenido que tomarla. Tal vez la decisión haya sido la que le ha tomado a ella.


Y sí, yo quizás le hice daño un día, pero ella necesitaba tanto ese dulce engaño, ese dolor intenso, ese sutil ahogamiento que pedía a silenciosos gritos en los que se desgarraba la garganta, y a los que yo siempre acudía, siempre que me necesitó ahí estuve, dispuesta, entregada y sumisa haciéndole derramar lo mejor de ella misma, que caliente y ligero corría a extinguirse, tal vez de tanto hacerlo quedo vacío y ya por ello nada de ella quede. Tal vez ninguna decisión ha tenido que ser tomada, porque nunca hubo nada entre nosotros, y ahora que yo he caído en la cuenta me cuesta más que olvidarla, encontrar mi propia existencia, mi propio lugar ahora que he quedado relegada a ese pequeño espacio de su mente, donde ya nunca nadie entra a ver si allí aun me encuentro, o si he huido en un desesperado intento de recuperar mi dignidad.



Y así le busco cada vez que miro a esos ojos inmóviles, desde atrás, dubitativa y temerosa cada vez de si los encontraré en el mismo estado, o de si esta vez será demasiado tarde, para ese hambre voraz que nos acecha y me pregunto ¿por qué ya en mí no piensa?, ¿por qué ya no me saca a pasear en las tardes de invierno como hacía antaño?, incluso cuando sé que hace frío, aun cuando fuera el viento sopla, y dentro hay tormenta allí sigo olvidada.
Y no sé por qué aquí aun sigo, cuando todos ya se han ido, y tal vez por ello me encuentro tan sola, y su alma incólume ya no se estremece a mi paso, como si nunca lo hubiera hecho, y es difícil recordar que alguna vez fue diferente, que alguna vez me pensó, o me llamó en vano para evitar la culpa, tal vez hoy no sea más que un reflejo de lo que otros sienten aun por ella y por ello aquí aun me cristalizo, aquí donde en realidad siempre estuve, y donde nunca más podré estar, hay quien dice, que tengo el don de la ubicuidad, vayan olvidándose, porque sin ella, sin vosotros, si es que así es en realidad el caso, yo me muero, para hacerle compañía, para que no esté tan sola, ni tan gris, extraña compañera buscaron sus allegados para tamaña situación, pero eso no me toca a mi juzgarlo.


Hoy solo tengo miedo de apagarme por completo, de que ya nadie de ella se acuerde, de que yo me extinga como todos lo hicieron, de dejar de oír el eco del llanto, dolorosamente finito. Y por ello en él me recreo aunque su alma siga incólume a pesar de mis esfuerzos, y con él juego, y con sus lágrimas respiro, sin que el agua inunde los pulmones que nunca tuve, y cada exhalación me recuerda lo que no soy, y lo que nunca fui, lo que nunca pude haber sido…
Y es que no soy más que esa vieja miseria de la que todos huyen, esa de la que todos tratan de esconderse, y a la que claman cuando todo va mal, para maltratarla sin temor al daño, al engaño, tal vez no sea más que su propia convicción, esa que necesitan para creerse superiores, para creerse humanos, y la que exprimen para su propia vanagloria. Y es que no soy más que ese tabú del que todos huyen, ese que nadie quiere reconocer cuando lo siente y del que se jactan cuando me he ido, ese al que nadie agradece el consuelo prestado, ese que nunca se había atrevido a reclamar atención, a sabiendas de la maldición que sobre él recae, desde siempre, desde nunca, y es que soy esa palabra maldita, que ahora quedo atrapada en este cuerpo sin vida, este cuerpo que se fue sin de mi despedirse, sin decirme adiós, ni agradecerme mi presencia, me vapuleó y aquí me dejó encerrada en este rincón, posiblemente como único reflejo viviente de lo que fue.



Y así miro y miro ansiosa a sus ojos desde atrás, desde dentro, esperando que aun no hayan sido pasto de los gusanos, y hoy soy yo la que llora, tal vez ella murió por llorar demasiado, por usarme demasiado y de tanto llorar se quedó vacía,” las lágrimas, son trozos de alma suicida que precipitan al olvido”, y cuando ellas van, yo quedo, y tras él por completo vaciarse, son los otros lo que me exprimen en su causa, tratando de conservar para siempre lo único que de ella pueden, lo único que seguirá siendo real por más tiempo, pase lo que pase, venga lo que venga, obligándome a maltratarme a mí misma, y a gritar por lo que ya no queda, y a lamentarme por lo único que aun hay, eso de lo que más les cuesta desprenderse, eso a lo que nunca conceden el descanso eterno, por miedo a olvidar, a dejar de ser humanos, a perder esa convicción, esa palabra maldita, esa que es mi esencia y mi nombre: Tristeza.



Oph**




(Cada 3 ó 4 días intentaré publicar un nuevo capítulo de la historia, repetiré esta información al final de cada capítulo, que os remitirá aquí, para que leáis desde el principio y no fragmentos inconexos, de cualquier modo, leer un solo capítulo resulta en la mayor parte de los casos bastante sencillo y no suele imposibilitar la comprensión del fragmento, espero que os guste.)





jueves, 22 de julio de 2010

VII. Autómatas: el llanto en llamas.

Sale el sol y en el horizonte se recortan las briznas de césped y azuladas se desdibujan en el suelo mis primeros contornos ya olvidados tras la última de mis tres muertes diarias, momento en el cual, como en una infinita jactancia los demás aprovechan para llenar sus barrigas miserables y prosaicas como mi existencia, aunque no más que la suya, sin acordarse si quiera de rezar un réquiem por la dolorosa muerte de una servidora a quien estiran sin reparar en daños hasta que desaparezco por completo, una vez más.

Les sigo, me alargo y estrecho a su merced, les acompaño mientras me es posible, adopto formas diferentes e inimaginables solo para que al mirar atrás no se encuentren solos, sigo sus pasos y sueño en sus anhelos, crezco con ellos para perderme en el viento con sus cenizas, los niños me juegan, inconscientes de mi dolor y sin llegar a entender muy bien qué es lo que soy, y los adultos más inocentes aún que los niños y cansados de mi compañía me olvidan, demasiado maduros para ir de la mano de nadie me pisan y me miran con la desaprobación fruto de su propia falta de autoestima.

Y así me siento fría y sola, y cuando me sonríen les devuelvo una sonrisa rota, que no llegan ni a imaginar, olvidada por la mayoría, sin poder dar más de mí, porque ya no queda nada: "soy una sombra que vaga por el mundo".

Un nuevo desmayo sin explicación, una nueva tarde sinsabor, nuevas sonrisas vacías, y así seguían Marie y Yago, demasiado mutilados para separarse, demasiado rotos para seguir juntos, demasiado solos para olvidar. Y como autómatas día tras día se levantan y siguen su camino sin poder preguntarse por qué, por miedo a caer, por miedo a no poder levantarse de nuevo tras la respuesta encontrada, tras la nueva incógnita sin resolver, y como autómatas temen que el mecanismo falle al ser forzado, que se desencajen las piezas y todo estalle en mil pedazos, sin posibilidad de hacer nada más de lo que hacen, ni nada menos, tal vez porque a ello estuvieran destinados o tal vez simplemente porque estaban destinados a cualquier otra cosa, y eso es lo único que les queda, y los hilos invisibles parecen sacudir sus cuerpos, sin vida, sin fuerza, sin esperanza, sin amor, esos que simplemente pugnan por sobrevivir. El teléfono suena.

Al otro lado, una respiración, asustada, huidiza:

-¿Marie?

- Sí, ¿Sofía?, estaba preocupada, ¿estás bien?

-Sí, me fui de casa, estoy en Paris, ¿sabes algo de mis padres?

-No, hace al menos una semana que no sé nada de ellos.

-¿Tú cómo estás?

-Bien, estoy con Yago, él me cuida.

-Sí, lo sé, te quiere. ¿Puedes hacerme un favor?

-Claro.

-Necesito que te pases por mi casa y compruebes que todo anda bien, cuando me fui… no sé, ya sabes cómo es Román, tengo miedo.

-Esta tarde tengo que pasarme por el médico, mañana por la mañana iré a ver qué tal está todo bien y te llamo.

-Gracias- Se le quiebra la voz- Lo siento.-Cuelga.

Al otro lado Marie deja el teléfono sobre la manta raída y se recuesta agotada de nuevo, hace frío, es miércoles, gira la cabeza y sus ojos se topan con una de sus cajas, ve su maquillaje, lleva sin usarlo desde…

Se sienta y lo esparce entre el hueco que dejan sus piernas cruzadas, sí, volverá a ser ella. Y se colorea los labios, y se perfila los ojos, y sus mejillas vuelven a brillar rosadas, y el espejo le devuelve la mirada y se siente mejor. Aparta el pelo de su cara con horquillas y se pone pendientes de nuevo, y su cara brilla, por primera vez en mucho tiempo.

Yago llama a la puerta y pasa sin esperar respuesta, huele a perfume, es buena señal, está preciosa y no necesita decírselo porque ella lo lee de sus ojos como si se lo gritara a todo pulmón, solo que más sincero, con menos dudas que si lo dijera, de ser así se vería obligada a desconfiar, a pensar que lo dice por agradarla. Y entonces todo parece ir mejor, todo parece ir bien por unos instantes, esos momentos de felicidad, esos pequeños instantes en los que parece que el mundo gira de nuevo al mismo ritmo que antes, y que parece que ha dejado de intentar dejarte atrás en ese apresurado devenir, mientras te levantas, mientras lo intentas al menos, esa pequeña felicidad, esas pequeñas cosas, pequeñas sonrisas, ese olor a perfume, ese maquillaje bien aplicado, ese sentirse guapa de nuevo, y mirarse al espejo sonriente, confiada.

El aroma de una fragancia fresca libre y luminosa corretea entre los suspiros reprimidos de las almas exhaladas, almas insomnes y retraídas que se asfixian en sus reprimidos suspiros.

La fragancia alegre sonríe jactándose de la dulce asfixia equidistante a corazones jubilosos y hesitantes, ¿por qué sonríe cruel y maquiavélica una fragancia rosa que procede de caricias rosas y de sonrisas dulces?... quizás porque su sangre es negra y su corazón marchito de cansancios y ahogos en podredumbres sulfúricas…

Entonces la pregunta es ¿Sólo se ríe de poder asfixiar en dulces aromas y vengar de forma agridulce y mínimamente satisfactoria los dolores no compartidos? probablemente así sea.

Probablemente la efímera felicidad no sea más que una sutil venganza asfixiante, y por encima de todo probablemente nunca lo sabremos.

Dejen exhalar a sus temblorosas e insomnes almas una vez más antes de ahogarlas de manera irreversible…

Y un mazazo que la evapora, tal vez para siempre, y la emisión es la misma, la inmisión inexistente, una palabra, y los ojos se vuelven a llenar de lágrimas: Cáncer.

Y es que en un suspiro el mundo entero se tambalea y se rompen todos los esquemas, se da paso a la ¿vida? O tal vez a algo nuevo que no sabemos encajar, que amenaza todo lo demás que conocíamos, que creíamos inamovible, constante necesario, se torna de repente contingente, algo nuevo que no queremos aceptar, que no podemos, que tal vez preferiríamos no haber sabido nunca, que nos asusta y que no llegamos a entender, que sabemos que es malo, sin entender el por qué, que lo es simplemente en su esencia, en su existencia, cruel ésta pues, que nos devasta sin previo aviso, tal vez fuera mejor que el mazazo fuera aun más rápido, que no existiera este punto de inflexión, este que se extiende de manera inexacta en el tiempo inconmensurable, tal vez estos vayan a ser los meses más largos de su vida, mientras espera a morirse tras cada latido, cuando debieran ser los más cortos, los más ansiosos y vertiginosos y de nuevo piensa que es demasiado, que no lo soportará, pero eso ya lo pensó antes, ¿es esto acaso mayor que lo anterior? Sería horrible pensarlo… se trata simplemente de un añadido, tal vez, tal vez lo deseó tanto internamente que finalmente llegó, y ahora que está ahí no puede sino llorar.

El médico espera paciente a que se tranquilice un poco, y la mira como quien miraría a una figurita de cristal rota en el suelo tras un manotazo torpe, de un hombre torpe que rompe tantas al día que su ternura acaba por distenderse, un salvador de vidas, de alma que ha acabado por perder su valor, su importancia y lo hace simplemente por costumbre, por obligación. Yago en el asiento de al lado parece ido, muerto, pero no lo está, tal vez esté peor que muerto.

-¿Cuánto me queda de vida?

- Eso no puedo saberlo hasta que no estudiemos el cáncer con mayor detenimiento, e incluso cuando lo hagamos, y descubramos en qué estado se encuentra, no podremos darle una fecha con exactitud, hay mucha gente que lo supera, y lleva una vida normal y feliz el resto de su vida…

Marie rompió a llorar, y su llanto estalló en llamas.

***

-¡Buenos días señora!, ¿Cómo va todo esta mañana?

- Ay hija mía, ya empiezo a sentirme pesada, creo que soy demasiado mayor para tener más hijos, esto es una locura…

Mira hoy quiero que lleves a Enrique al mercado cuando vayas, van a venir aquí unas amigas de Eloísa a merendar y el niño siempre acaba importunándolas, además él parece pasarlo muy bien con usted.

- Yo encantada señora, así me hace compañía durante la compra, antes de nada ¿quiere que vaya a por algo en especial para la merienda o que prepare alguna cosa?

- No hace falta bonita, lo está preparando ella conmigo que le hace mucha ilusión, tú puedes ir a hacer otra cosa.

- Muchas gracias señora.

Así Sofía empezaba a estar preocupada, hacía días que había llamado a Marie y esta había prometido llamarla esa misma tarde tras ocuparse de que sus padres estaban bien, pero nunca había llegado a recibir esa llamada, y empezaba a impacientarse, por un lado, no quería volver a llamarla, porque entendía que ella también debía estar pasándolo mal por todo lo de Elías, y no tenía ninguna necesidad de preocuparse también por sus asuntos, al fin y al cabo ella no era más que la sobrina de su marido muerto. Tal vez eso la dejara en una situación incómoda para ella, y quizás hubiera decidido cortar las relaciones con la familia, porque dolía demasiado, o simplemente, porque no le aportaba nada el seguir vinculada a una familia destrozada, en la que ella ya nada pintaba. No quería llamar a su madre, no quería arriesgarse a que fuera su padre quien cogiera el teléfono, no quería que la voz de su madre la ablandara, y no sabía si podría soportar oírla llorar, tal vez la decisión de irse de casa hubiera sido precipitada, y estuviera terriblemente equivocada en su determinación, pero ya había pasado por el sufrimiento de tomar esa determinación, y ya habría hecho sufrir suficientemente a sus padres, si era equivocada era su decisión y aunque se diera cuenta de que no era correcta y lo supiera al cien por cien, no trataría de volver al estado original de las cosas, porque sabía que ese ya no existiría que no estaría a su alcance por mucho que ella quisiera, y que era demasiado tarde. De un tiempo a esta parte parecía ser demasiado tarde para todo una y otra vez.

Y una vez más, mientras yo estaba perdida en mis pensamientos Enrique vino a mí, y me hizo dejar el teléfono en el tiempo justo, tras solo un timbre, era el fijo de la casa, así que nunca lo reconocerían ni devolverían la llamada.

Hagamos las cosas a la antigua usanza, comencemos desde cero, salga lo que salga, pase lo que pase...

Hay quien una vez dijo que el invierno es el tiempo de meditación, quizás tuviera razón o quizás solo el corazón demasiado frío, la luna llora y llueve, la lluvia queda prendida a nuestra piel fría y dolorosa, nos congela o refresca, inunda o da de beber. El mundo gira demasiado deprisa, la atmósfera ejerce demasiada presión, existen demasiados pocos amigos, no se valora el amor.

“Las lágrimas son trozos de alma suicida que se precipitan al olvido”

Intenté hablar claro, con los ojos rojos, pero la voz también me salió mojada, muchos quisieran haberlo escucharlo, pocos quisieran haberse preocupado... ¿En qué consiste la sinceridad?, en contar y confiar, pero no eres más sincero por contar muchas cosas sino por escuchar más las que se te regalan.

Hace un tiempo escaso la luna lloraba, y a mí me dolían los gritos de su ausencia, la sociedad me manipula, me estira, me aprieta me asfixia y me corrompe, me pretende para ciertas cosas para las que no doy la talla, y me insulta pretendiendo ciertas cosas que me subestiman en alto grado, sin embargo, en una pasada época los eminentes decían que ninguna parte es anterior al todo.

¿No son entonces las personas anteriores a la sociedad?, a lo que la sociedad son cadenas las personas son cuerdas, a lo que la sociedad es metano, las personas son oxígeno, a lo que la sociedad es hielo las personas son agua.

Qué existe más puro que una persona, más bello que un corazón, más profundo que un alma. Permítaseme que sueñe pues con el individuo y olvide al todo, que odie los estereotipos de los que hice gala hace un momento y que me emocione por la gente, que no desconfíe de nadie, que siga viendo oportunidades, que siga encontrando regalos, regalos como Enrique, como Elías, que subsisten en una ciudadela llamada mundo, infestada de ratas.

“Mi corazón, este corazón, única cosa que me enorgullece, única fuente de fuerza, de felicidad y de infortunio. ¡Ah! Lo que yo sé cualquiera lo puede saber; pero mi corazón sólo lo tengo yo.” Ese del que tanto me vanagloriaba y del que hoy me siento muy decepcionada.

Cuando una gota cae y sientes que ya nada tiene sentido, cuando estas asfixiado y desengañado del mundo, regalos, personas, una parte y no el todo es lo que le devuelve el sentido al mundo, tal vez el sentido de mi mundo pudiera ser tan solo él, el pasado y el futuro, Elías, Enrique…

Tal vez el pasado no pueda ayudarlo ya, pero hoy temo el presente cada día, temo que le llegue el día. Tal vez esta decisión o haya sido más que populacho, que lo que de mí se esperaba, y aun no sé si me subestimaba, u ofendía, si soy mejor o incluso peor.

Dulces remolinos de alegres frutas, nubes y algodón, suaves caricias de sueños, sueños de sencillos recuerdos, sonrisas de inocencia, princesas, castillos y sobre todo sueños, sueños, y más sueños.

Solo puedo soñar los recuerdos y recordar que sueño. El tiempo pasa y las certezas desgarran la inocencia, creemos vivir la ficción pasada, pero las nubes nublan, las caricias arañan, los príncipes mienten. Se nos rompió la inocencia de tanto jugar con ella, ahora solo quedan vidrios bajo el agua. No es una sombra, nunca la sombra de un sueño es tenue es luminosa y almizclada, no es la sombra de un recuerdo... ¿Qué quedo tras los arcoíris grises y los carruseles olvidados?... Obligaciones, cadenas al viento, ataduras imposibles, ¿cómo atar lo infinito?, como atar sueños y recuerdos, ¿pero como no hacerlo? Cuando los remolinos te tornan bruscos y nuestro corazón frágil es resfriado con cualquier viento, pero ¡ay! del que intente hacerlo no existe condición humana sin amor ni ilusión ni lágrimas. Las lágrimas proceden de las primeras nubes como lluvia inconclusa cada vez más fría y es que el algodón no es siempre dulce, pero al fin y al cabo un paraíso de lágrimas es siempre más aceptable que un recuerdo dormido.




Oph**




(Cada 3 ó 4 días intentaré publicar un nuevo capítulo de la historia, repetiré esta información al final de cada capítulo, que os remitirá aquí, para que leáis desde el principio y no fragmentos inconexos, de cualquier modo, leer un solo capítulo resulta en la mayor parte de los casos bastante sencillo y no suele imposibilitar la comprensión del fragmento, espero que os guste.)